Por: Arturo Guerrero

Acción de gracias

Desde Roma, donde reside, la socióloga colombiana Yolanda Zuluaga propuso hace quince días un lance criollo frente a la Acción de Gracias de los gringos. Consiste en que cada cual haga una lista de motivos por los cuales valga la pena agradecer en este fin de año. Aquí va un adelanto:

Porque se acabó la guerra, aunque sigan las guerritas. El Acuerdo de Paz era para desocupar el Hospital Militar y para viajar a las selvas sin peligro de cilindros, secuestros o avión fantasma. No para llegar en vida al paraíso terrenal.

Porque un gobernante neoliberal, cargado de abolengos, se salió con la suya para aspirar a secretario general de la ONU y pasar a la historia. Además de igualar a Gabo con el Nobel, entregó a los hornos siete mil armas y licenció a otros tantos insurgentes que ahora adhieren a la Constitución.

Por un poema que cobija a las víctimas, escrito por Luisa Fernanda Trujillo en su libro ¨En tierra, el pájaro olvida cantar¨, recientemente traducido al italiano y publicado por Raffaelli Editore: “… y con mis párpados cubriré sus ojos/ para que la muerte no queme sus pupilas/ Dejaré desnudos los míos, a la vista de los cuervos/ para que en cada picotazo el hambre se sacie/ y la muerte acicale sus formas/ en el festín de haber sido/ una sola ave/ que sirviera de espejo a su vestido¨.

Por el estallido de músicos nuevos que hoy funden cumbia, bullerengue, carranga,  porro, rumba criolla, con las furias del rock, rap y la electrónica. No suenan en emisoras ni canales comerciales pero marcan millones de entradas en sus videos de Youtube. Moldean el oído de los muchachos agobiados, crean la alegría para el resto de siglo.

Por las composiciones y el espectáculo de estas bandas, como la del nariñense Lucio Feuillet que pone a cantar a Marta Gómez la siguiente lírica antes de que atruenen los cobres: ¨Puedo rendirme y callar, dejar de luchar, morir en silencio. Puedo renunciar a soñar, vivir lo que queda, esperar al final. Pero lo que queda de aliento me invita a seguir, a salir y gritar: el tiempo ha de sanar la fuerte tempestad que dejaste al marchar¨.

Por la pléyade de directores de cine que insinúan historias, no son obvios, no moralizan, levantan un mapa regional con actores naturales semejantes al colombiano postergado que llevamos dentro. Sus cintas ganan premios en festivales alternativos, acusan la influencia de los grandes maestros idos. Las salas de los centros comerciales les abren tres días, una semana de exhibición, y las retiran porque el arte no deja plata.

Por el silencio de los escritores que traban batalla interior con sus historias y sus ideas, a sabiendas de que ninguna editorial los acogerá. Porque en sus cubículos secretos urden el relato indispensable para que la literatura siga siendo siempre antigua y siempre nueva.

Por los caprichos del amor. Por las formas inéditas que encuentra. Porque ha valido la pena aguardar una vida para recibir una muestra de la dulce compañía, así no sea ilimitada.

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