Por: Diana Castro Benetti

Acecho

Pensar en deseos es pan de todos los días pero vivirlos tiene sus laberintos. Se adhieren a las rutinas con café, a las suelas de los zapatos o a la célula de una hora conveniente. Se hacen los desarmados para instalarse en cavidades y llenar cada brecha de tobillos, manos y bocas.

A veces, los más conspiradores deseos viven en esquinas que arrojan las posibilidades de los días y buscan no esconderse en las cobijas ni anquilosarse en el fondo de los cajones. Hay deseos que se adelantan a los acontecimientos, excavan los inconscientes y asaltan los órdenes. Casi siempre hechos un nudo, los deseos se alojan en medio del ombligo para, desde ahí, dispersarse en cascadas de intenciones o de encuentros. Revolucionarios de noche, los deseos no aguantan ni sus propias esclusas.


Pero todo deseo es un peón del destino. Pegados a las pretensiones de los otros, los deseos culpan a los aromas de las otras pieles de sus causas y efectos. Sin parar, sin dejar vacíos, cada intención va desanudándose para hacer acuerdos, para dictar sus itinerarios y dejar evidencias. Deseos por otros y deseos con otros, deseos que piensan y deseos que se salen de sus casillas para colmarse de explosiones y de gritos de independencia. Jurisdicción de cada cual, todo deseo tiene una ruta para desabrigar la corporalidad cuando ésta decide mudar de ropajes.


Y, ¿cómo hilar esos deseos que no tienen nombre, ni carne, ni hueso, que no son de nadie y que no pueden poseerse, que nunca llegan y que tampoco están? Deseos que por sutiles, etéreos, invisibles y lejanos, son de territorios inasibles. Deseos que también existen y que por utópicos colman pasiones y modifican ideas, causas y quimeras. Esos deseos no son esclavos ni dominadores y viven de lo que no se encuentra; esos deseos habitan la mística de todo movimiento y de todo vacío. Hacerse cargo de estos deseos es esclarecer los acosos del destino.


Y así, entre unos y otros, hay un solo deseo en el que ahora se piensa, ése del que no hay salida, ése que reclama lo suyo, ése que será la única atadura que nos guíe. Y aunque los sabios de las alturas espanten la oscuridad y coloreen las fibras de luz indicando la vía de escape, ése deseo que desajusta debe vivirse para comprender la inmortalidad de la estrella que nunca sabrá de acosos.


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