Por: Columnista invitado

Acelerar las negociaciones

Fue cobarde, brutal y execrable. pero también predecible y hasta cabría decir que inevitable.

En efecto: al anunciar el cese del fuego unilateral, las Farc habían advertido que se mantendría mientras “nuestras estructuras no sean objeto de ataques por parte de la Fuerza Pública”, y el presidente Santos ordenó suspender los bombardeos ofensivos, pero no las demás operaciones militares.

O sea que jamás existió correspondencia entre las dos ofertas para evitar los encuentros armados. Tanto así que, según su comandante, las tropas atacadas “estaban realizando operaciones de control territorial”, y según las Farc eso era parte de “los intensos operativos contraguerrilleros que vienen incrementándose por tierra”.

En estas condiciones queda claro que cada bando se limitó a cumplir lo que había dicho y que estas —u otras— muertes estaban anunciadas. Es más: ni Santos podía ordenar que el Ejército deje de perseguir a las Farc, ni las Farc podían renunciar a la violencia, por la simple razón de que la guerra no se ha terminado.

El sentido común y la experiencia enseñan que una tregua tiene que ser bilateral, simétrica y verificable. Pero en este caso no hubo acuerdo previo, ni correspondencia entre los compromisos, ni veedor aceptado por las partes. Por eso se produjo esta masacre, por eso no hay verdad sino versiones, y por eso el proceso de La Habana ha sufrido el más duro de sus golpes políticos.

Paradójicamente, se trataba de darle fuerza política al proceso, de desescalar el conflicto para que el electorado comenzara a sentir los frutos de la paz y se inclinara en favor del acuerdo. Ante su inmensa impopularidad, las Farc ofrecieron un cese del fuego impracticable desde el punto de vista militar, pero urgente desde el punto de vista político. Y Santos, acosado por Uribe y las encuestas, se sumó a la ilusión al suspender los bombardeos y acordar además el “desminado humanitario”.

Pasó lo que tenía que pasar: que Santos, y las Farc, y el proceso de paz están sufriendo el efecto bumerán. La derecha culpa de la masacre a Santos, la opinión concluye que las Farc nos siguen engañando, y en La Habana se esfuma la ilusión del “desescalamiento”.

Los duros piden suspender los diálogos, fijarles plazo perentorio, imponer condiciones a las Farc. Los blandos piden mantener la tregua, no reanudar los bombardeos, seguir anticipando los frutos de la paz. Los unos hablan desde la indignación, los otros hablan desde el sufrimiento —y en esto cada uno acierta—. Pero ambos se equivocan porque lo uno sería eternizar la guerra y lo otro acabarla sin que se haya acabado.

Así pues, el camino es muy distinto: acelerar la negociación sobre los temas pendientes de la agenda para que los electores percibamos de veras los frutos de la paz, de manera que Santos, las Farc y el proceso de La Habana se ganen limpiamente su victoria política.

 

*Hernando Gómez Buendía, Director de Razón Pública.

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