Por: Santiago Villa

Aceleremos la legalización de todas las drogas

Hay que acelerar la legalización de los psicotrópicos recreativos para detener este baño de sangre.

Una característica de los políticos contemporáneos es la cobardía. Temen apoyar propuestas impopulares por temor a no ser reelegidos. Es, por ejemplo, una de las razones por las que la solución a la crisis del euro, en la Unión Europea, se aplaza, en lugar de enfrentarse. Sucede lo mismo con la mal llamada “guerra contra las drogas”. Veamos, primero, una falacia generada por el miedo, que atrapa al tema de las drogas recreativas en una sin salida. Segundo, porqué la “guerra contra las drogas” es hipócrita. Y tercero, porqué resulta más ventajoso legalizarlas que extender indefinidamente la estrategia actual. 

El miedo a la legalización de las drogas parte de una profunda desconfianza en la responsabilidad de los demás individuos que componen nuestra sociedad. Nadie que teme la legalización lo hace porque considere que, de legalizarse, él mismo caerá en el espiral demoledor del consumo adictivo. Cree que serán los otros quienes cederán a la tentación. Consideremos, entonces, el siguiente argumento. Si la mayoría que se opone al consumo lo hace porque cree que los otros van a ceder, entonces, desde esta misma premisa, se desprende que la mayoría no sería víctima del consumo irresponsable. Quizás seguiría siendo la misma minoría que hoy, o en el peor de los casos aumentaría ligeramente. El temor a una catástrofe social genera un callejón sin salida compuesto por una falacia, porque las mayorías siguen favoreciendo la sobriedad; y la seguirán favoreciendo una vez se legalicen los psicotrópicos recreativos. Si la mayoría no quiere consumir drogas siendo éstas ilegales, tampoco lo hará una vez sean legales. El temor a que sus hijos cedan a las adicciones es un asunto de educación familiar, y de regular desde el Estado y los hogares el acceso de los adolescentes a ellas. 

La “guerra contra las drogas” es hipócrita porque las instituciones creadas para combatirlas han entablado una lucha cosmética contra ellas, pero no estructural. En mis columnas pasadas publiqué una  entrevista con un ex agente del Cuerpo Técnico Investigativo de la Fiscalía que afirmaba sobre la DEA de los Estados Unidos que “lo que les interesaba era coger cocaína en altamar y coger rangos medios aquí y allá, pero no arrancar la raíz, porque eso significaba mucho compromiso político. Entonces es mejor cortar las ramitas”. Semejante nivel de hipocresía en la institución bandera en el mundo para combatir el tráfico de drogas hace imposible cualquier avance significativo. La “guerra contra las drogas” es en realidad una “guerra contra los mandos medios de los carteles, contra los vendedores callejeros y contra los consumidores”, que no tienen el beneplácito de las instituciones estatales y privadas (políticos, policías, militares, élites empresariales y bancos) de los países donde operan los carteles. Esta “guerra contra las drogas por los laditos” tiene a América Latina ahogada en un baño de sangre desde hace más de treinta años.   

Resulta preferible legalizar todos los psicotrópicos recreativos que insistir con la estrategia actual, porque si las medidas actuales fuesen efectivas, ya habrían triunfado o al menos tendrían historias de éxito. No las hay. Colombia sigue siendo un productor invencible de cocaína; México, Centroamérica y el Caribe siguen siendo autopistas de narcóticos; y Estados Unidos y Europa siguen siendo los grandes mercados. Parece que sí hay una guerra que puede durar mil años y pueblos que estarán condenados a derramar sangre infinita por ella: es ésta. ¿Pero vale la pena mantenerla? 

Creo que no hay un peor escenario posible que el actual. Si bien la legalización de todo psicotrópico no será la solución mágica, y quizás cree otros problemas también graves, dudo mucho que empeore el panorama que vive el mundo a causa del temor que genera desplazar el terreno de combate hacia otro campo, en este caso el de los sistemas educativos y de salud, que tendrán que proteger a los ciudadanos de las angustias psicológicas que desembocan en problemas de adicción. 

Pero volvemos al planteamiento inicial: los políticos son cobardes. Son ellos quienes deberían asumir el liderazgo y motivar un cambio de perspectiva, pero temen perder su popularidad. José Mujica, el más valiente de los líderes latinoamericanos, dio un paso adelante con la legalización del cannabis. Sin embargo, quisiera escuchar propuestas para la legalización de la cocaína (y de las demás drogas) que es, a fin de cuentas, el verdadero problema. Lo demás son paños de agua tibia.

Twitter: @santiagovillach

 

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