Por: Jaime Arocha

Activos culturales y educación superior

ESCRIBO DESORIENTADO POR VOces contradictorias. Unas, las del director de la Fundación Activos Culturales Afro, para quien sus proyectos no son tan sólo para estetizar o exotizar, como yo había escrito, sino para contribuir, por ejemplo, a que las palenqueras mejoren sus ingresos mediante la denominación de origen que lleguen a tener las cocadas que fabrican...

ESCRIBO DESORIENTADO POR VOces contradictorias. Unas, las del director de la Fundación Activos Culturales Afro, para quien sus proyectos no son tan sólo para estetizar o exotizar, como yo había escrito, sino para contribuir, por ejemplo, a que las palenqueras mejoren sus ingresos mediante la denominación de origen que lleguen a tener las cocadas que fabrican; para que las mujeres de la Asociación de Parteras Unidas del Pacífico alcancen el sello de denominación geográfica para los destilados que venden en el Festival Petronio Álvarez; para apoyar a las comunidades quilombolas de Brasil, algunas de las cuales han introducido su propia moneda, innovación que analiza un asesor de ACUA, el profesor Beethoven Herrera, quien hizo el puente conmigo.

En esa conversación me decía que quizás me había equivocado, aunque al mismo tiempo me preguntaba por el desplazamiento de las primeras comunidades negras del bajo Atrato, ocasionado por paramilitares un poco antes de que el presidente Ernesto Samper viajara al África a comienzos de 1997. En ese entonces, ¿dónde estaban las fundaciones para el desarrollo rural y las agencias humanitarias? ¿La gente negra tuvo que sufrir más destierros e insertarse en las ciudades mediante sus patrimonios musicales y gastronómicos para figurar en las prioridades de esas instituciones?

Mientras que el director de ACUA me contaba que también provenía de la universidad —Finanzas Internacionales—, se me venía a la cabeza que el Ministerio de Educación Superior y Entrenamiento de la República de Sudáfrica va a constituir una comisión internacional que contribuya a enmendar un error que data de 1994: el énfasis de la educación superior en las ciencias naturales, la tecnología y la administración de empresas, el cual relegó a las ciencias sociales a un segundo plano. Para el ministro Blade Nzimande esa opción ha impedido desmontar la pseudo-ciencia e historia del apartheid. De ahí su convocatoria para que historiadores, filósofos y demás científicos sociales de su país dejen de consumir teoría social de los países desarrollados y construyan alternativas que por fin expliquen la pobreza, el desempleo, el racismo, los distintos tipos de discriminación social e inclusive la propagación del sida.

Ese sería el modelo para corregir ocultamientos como los que el domingo pasado Alfonso Múnera le describía a César Rodríguez con respecto a la esclavitud, como un trauma fundacional de esta nación. La reparación necesaria no será posible mientras niños y niñas del país sigan sin comprender que ese ha sido el mayor crimen contra la humanidad por su duración y la intensidad de su violencia. A su vez esa comprensión tan sólo se alcanzará cuando el sistema público de educación superior de verdad incluya la trata y el racismo que ella instituyó; el puente que nos liga con África central y occidental, así como los aportes de africanos y afrodescendientes a la formación nacional. No obstante, ya sabemos que aquí nos guiará otro modelo, el del ánimo de lucro con su enorme potencial de convertir nuestras universidades estatales en EPE, empresas prestadoras de educación. Ante lo que se nos viene, lo deseable sería que el sector fundacional y humanitario tomara el lado de la educación superior pública.

 

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