Por: Mauricio Botero Caicedo

Activos tóxicos

SE DENOMINAN ACTIVOS TÓXICOS aquellos créditos e inversiones en manos de bancos, aseguradoras y fondos de inversión, cuya recuperación a corto plazo es dudosa.

Las autoridades monetarias consideran que si estas instituciones no depuran sus balances, no va a ser posible salir de la crisis. De ahí viene la propuesta controversial de que sean los mismos gobiernos quienes compren estos activos tóxicos.

Hay, sin embargo, otros tipos de activos tóxicos: hace algunas semanas el senador Enrique Gómez Hurtado (El Tiempo, marzo 8/09) le recomendaba al presidente del Partido Liberal: “Muy saludable sería también pedirle al ex presidente Gaviria que descargue del Partido Liberal los activos tóxicos de la corriente chavista, que lo están desnaturalizando”. Razón tiene el senador Gómez en hacer esa solicitud, aunque sólo fuera por piedad con los militantes demócratas de dicho partido. Pero el Partido Liberal no es el único en tener activos tóxicos: en los partidos de la izquierda y en varios de centro derecha, un número significativo de sus militantes simpatizan y apoyan a los narcoterroristas, indistintamente de si estos narcoterroristas están afiliados a grupos fanáticos de izquierda, como las Farc; o de derecha, como las Águilas Negras. Simultáneamente, a los sindicatos se les debe exigir que excluyan a militantes como Liliany Patricia Obando y Juan Efraín Mendoza, ambos dirigentes del sindicato agropecuario afiliado a la CUT, Fenasuagro, cuyos vínculos con las Farc son investigados por la Fiscalía. De pretender el movimiento sindical colombiano recuperar su influencia de antaño, este tipo de activos tóxicos son un enorme lastre.

La Iglesia y las Fuerzas Armadas, las dos instituciones más prestigiosas del país, tienen algunos activos tóxicos. Para su bien, es ineludible que estas dos instituciones se deshagan de ellos a la mayor brevedad posible. En la Iglesia están los curas pervertidos, lacra inadmisible de tan augusta colectividad. En segundo lugar están los simpatizantes de aquella entelequia denominada la teología de la liberación, en donde algunos clérigos pretenden conjugar dos filosofías antagónicas y contradictorias: el marxismo y el cristianismo. Puede ser oportuno parafrasear el epigrama de Aparisi y Grijalbo:

Un cura comunista, breviario en mano,

fuese al infierno alborotando el mundo,

No te asombras, ¡oh pueblo soberano!,

que en esa desdichada criatura

o sobra el comunista o sobra el cura…

Las Fuerzas Armadas, sin contemplación alguna, tienen que salir de los autores intelectuales y materiales de los falsos positivos.

El Estado alberga varios tipos de activos tóxicos y su responsabilidad es suprimirlos. Como la Constitución afirma que el Estado debe proteger la vida y la integridad de las personas y ya que el Gobierno sostiene que si una persona atenta contra su salud, el Estado debe protegerla, aun contra su voluntad, no es congruente que ese mismo Estado mantenga su doble condición de cantinero y de tahúr. Es ridículo e inadmisible que para educar a los niños, pagar a los maestros y brindarles salud a los enfermos, el Estado mantenga el monopolio departamental del licor y de las loterías. Es ridículo e inadmisible porque mientras que el Estado con una mano incentiva y promueve el vicio y el consumo de brebajes etílicos, con la otra proclama con pusilánime hipocresía que tiene que proteger a toda persona que atenta contra su salud, aun contra su voluntad.

Pero de lejos el mayor activo tóxico que tiene Colombia es la infinidad de códigos, leyes, decretos, reglamentos, disposiciones, edictos y trámites que no sólo hacen que este sea un país infinitamente complejo y difícil de gobernar, sino que este raudal infinito de disposiciones y normas es el caldo de cultivo de la corrupción, de lejos el activo más tóxico de nuestra sociedad.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Mauricio Botero Caicedo

Soltando una ráfaga devastadora de golpes

La posverdad, más conocida como el engaño

Contra okupas, desokupas

Un par de acróbatas profesionales