Por: Daniel Pacheco

Actos de corrupción

El Congreso, con su presidente tan cuestionado por retos de escolarización básica, se fue de vacaciones graduando a casi 12 millones de votantes colombianos de güevones. No fue solo Ernesto Macías. En la gran estafa a los electores de la consulta anticorrupción lo que le cae a Macías le salpica a Uribe y a la bancada del Centro Democrático. También tiene un rol estelar el liberal presidente de la Cámara, Alejandro Carlos Chacón. Y por defectos varios no se salvan el Gobierno de Iván Duque y su ministra del Interior, Nancy Patricia Gutiérrez. A todos les cae la responsabilidad del hundimiento de lo único que quedaba vivo de la agenda anticorrupción que se anunció como un gran pacto político el año pasado.

Así terminó la legislatura, cerrando el segundo acto de una trama aún inconclusa. Y esta puede ser una buena forma de análisis —por actos dramáticos— de lo que comenzó como una consulta popular bastante populista que despertó algo poderoso en la tradicionalmente aletargada ciudadanía nacional y que debería tener aún un desenlace.

Acto I. Claudia López y Angélica Lozano, pareja del Partido Verde, comienzan la improbable tarea de impulsar una consulta popular con firmas para luchar contra la corrupción. Incluyen medidas antitécnicas y de venganza popular, como bajar los sueldos de los congresistas, con otras posiblemente útiles, como los pliegos tipo y herramientas para generar más transparencia en el Gobierno. Logran recoger la cantidad de firmas más grande en la historia de Colombia y ponen la consulta en un tarjetón. La votación supera todos los pronósticos, supera a las figuras que la impulsaron, 11,7 millones de votos, más de los que sacó el presidente recién elegido. Es un evento sin antecedentes de activismo electoral de la democracia directa que recibe el apoyo tímido de Duque y el desprecio explícito de Álvaro Uribe. Al final, la votación se queda corta para que la consulta sea vinculante.

Acto II. El presidente Duque reúne a todos los sectores políticos del país. Por primera vez incluso la FARC y el resto de la oposición es invitada a la mesa con el establecimiento. El presidente promete escuchar al electorado, dice que con un mensaje de urgencia se tramitará un paquete de reformas antes de que termine el 2018.

El trámite empieza a fracasar rápidamente. El pacto se desvanece en los afanes del día a día, en la “santrichización” de la política. Algunos de los sectores políticos con incentivos para mantener el statu quo buscan otras causas para encausar el “Estado de opinión”, como la prohibición de las drogas, y otros maniobran con experticia la inactividad legislativa, hundiendo del todo el paquete anticorrupción. El presidente dice que insistirá con las medidas cuando vuelva el Congreso.

Acto III. Aquí estamos, y esto puede tener varios desenlaces.

No pasa nada, tal vez una tímida reforma aquí y allá, y los políticos dilatadores cumplen sus propósito de mantener las cosas como están, apostándole a que el fenómeno de la consulta fue una aberración en el predecible carácter de indignación dispersa y paralizante de la ciudadanía colombiana.

La indignación persiste, se profundiza, muta, se divide y termina capitalizada por hábiles y arriesgados tramitadores del odio dispuestos a volarse, si toca, los acuerdos básicos. Ya hay muchos como picaflores probando temas: el azúcar, las drogas, la JEP, los líderes sociales, los animales.

Algo distinto. Un nuevo tipo de acuerdo. Un consenso de cambio emocionante. Nuevos mecanismos, no solo leyes, para abordar el problema de la corrupción, con realismo y propósito, más allá de los likes y la indignación.

Yo voto por un final emocionante o arriesgado.

@danielpacheco

 

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