Acuerdo (no del todo) histórico

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Desde 2002, la fórmula de paz acordada por los 22 miembros de la Liga Árabe para reconocer al estado israelí y normalizar sus relaciones diplomáticas, ha consistido en el retiro de este de los territorios ocupados como precondición. Sin embargo, después de alrededor de una década de esfuerzos informales el primer ministro Benjamín Netanyahu comunicó la suscripción de los “Acuerdos Abraham” con Emiratos Árabes Unidos (EAU), los cuales llevarán a la normalización plena con un país árabe por tan solo la tercera vez en la historia, luego de lo pactado con Egipto y Jordania en 1979 y 1994, respectivamente.

Aunque Israel tuvo que prometer “suspender” los planes de anexión de Cisjordania, dicho compromiso le salió barato a Netanyahu, ya que su proyecto insignia está prácticamente muerto tanto por oposición de la Casa Blanca como por el rechazo de múltiples sectores nacionales, incluyendo su cogobernante, Benny Gantz. En cambio, se destaca el silencio de este arreglo sobre los 600,000 colonos israelís que viven en asentamientos considerados ilegales por el derecho internacional, razón por la cual algunos – comenzando por los palestinos -- han interpretado la decisión de EAU como una traición al principio de “territorio por paz”.

El timing de este matrimonio tripartita entre Israel, Emiratos Árabes Unidos y Estados Unidos parece obedecer a las necesidades políticas de los tres gobernantes. En el caso del primero, distrae la atención local de los cargos de corrupción en su contra, la crisis económica y su mal manejo de la pandemia, mientras que para el segundo contrarresta las críticas por su rol en la guerra civil en Yemen, y permite cosechar mayores beneficios de la cooperación en seguridad, tecnología y energía, y del comercio, incluyendo la posible adquisición de armas estadounidenses. El tercero, que enfrenta la posibilidad de perder la relección, busca utilizar el acuerdo para rescatar algún resultado de su fallida estrategia de paz en Medio Oriente.

No menos significativo, el rapproachement refleja el decreciente peso del problema palestino en la geopolítica regional e internacional, y la ascendente preocupación por la influencia de Irán. En la medida en que otros estados del Golfo sigan el liderazgo del príncipe heredero bin Zayed, comenzando por Bahréin y Omán que lo felicitaron públicamente, podría consolidarse el bloque anti-iraní que ha ido tomando forma bajo el liderazgo de Israel, Estados Unidos y Arabia Saudita. No en vano, Teherán fue el más vocifero en su condena del acuerdo después de los palestinos.

Aunque hay que reconocer que cualquier pacto que formaliza el uso de mecanismos diplomáticos entre países puede ser preferible a ninguno, el tono celebratorio que ha suscitado el anuncio de Israel y EAU exagera su importancia histórica. Más allá de satisfacer las entendibles ansias de reconocimiento israelí por parte del vecindario, no tendrá un efecto ostensible sobre la volatilidad sociopolítica y geoestratégica en Medio Oriente. Incluso, podría empeorarla al profundizar la alianza de Israel y Estados Unidos con las autocracias árabes con el único propósito de hacer contrapeso a Irán, y al alejar a la región aún más de una paz que -al menos en opinión de la mayoría de la población mundial- supone dar solución a la opresión del pueblo palestino y la ocupación de su territorio.

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