Por: Arlene B. Tickner

Acuerdo razonable, mejor que ninguno

Hoy se reanudan las conversaciones entre Irán y el P5+1 (China, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Rusia y Alemania) en torno al programa nuclear iraní.

Pese a que terminaron el 9 de noviembre en impasse existen condiciones oportunas para lograr un acuerdo que permita avanzar hacia la solución de este problema.

Por el lado de Irán, el discurso oficial ha cambiado dramáticamente. A diferencia del controversial Ahmadineyad, el presidente Hassán Rohaní ha afirmado que busca una “interacción constructiva” con Occidente, que permita atender preocupaciones compartidas con base en el respeto mutuo, sin que ello signifique abandonar los derechos e intereses propios. El giro parece respaldado también por el líder supremo, ayatolá Alí Jamenei, quien ha sostenido que Irán mostrará una “flexibilidad heroica” en su trato con el mundo. La semana pasada el país suscribió un nuevo acuerdo con la Agencia Internacional de Energía Atómica, en el cual permite el acceso y la inspección de sus instalaciones nucleares, mientras que la agencia certificó que Irán no ha ampliado su programa nuclear desde cuando Rohaní asumió el poder.

Por su parte, y por primera vez desde la Revolución islámica de 1979, Estados Unidos no sólo está hablando con Irán sino que lidera los esfuerzos del P5+1. Luego de aplicar duras sanciones que limitan las exportaciones de petróleo y bloquean las transacciones bancarias y financieras, el gobierno Obama busca levantarlas parcialmente como “zanahoria” que cambie la conducta iraní. Desde que comenzaron a aplicarse en 2006, las sanciones no han disuadido a la industria nuclear. Todo lo contrario, han aumentado las centrífugas nucleares de 3.000 a 19.000, el enriquecimiento de uranio (que ha pasado de menos de 5% a casi 20%) y las reservas de uranio enriquecido. Y el costo humano ha sido devastador. Tanto la inflación como el desempleo rondan el 30%, la industria local ha colapsado, el valor de la moneda se ha desplomado y peligra el acceso a alimentos, medicamentos y servicios como la educación.

Francia, que se quejaba de la renuencia de Washington a negociar, es quien paradójicamente pone los peros ahora, tal vez por congraciarse con Israel y Arabia Saudita, dos de los principales opositores a las conversaciones. La meta del primero, algo hipócrita considerando su propio arsenal nuclear, es el desmonte total de la infraestructura iraní para impedir cualquier posibilidad de construir un arma —pese a que ese país ha reiterado que sus intenciones son pacíficas—, mientras la segunda teme más por la contención de la influencia de Irán en Medio Oriente.

La diplomacia implica tener disposición para ceder. Un acuerdo con Irán que limite el enriquecimiento de uranio a lo estrictamente necesario para producir energía, garantice el desmonte de instalaciones de plutonio y fije inspecciones y monitoreo internacionales que permitan garantizar la buena fe iraní, parece razonable. Exigir la rendición total de Irán es desconocer el fuerte orgullo nacional de sus habitantes y el apoyo que tiene la industria nuclear como símbolo de autonomía, así como abrir la puerta a su aceleración y a acciones militares “limitadas” (como pide Israel), que llevarían a la guerra.

 

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