Acuerdo sobre el acuerdo

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Con el regreso de Santos vuelve a ventilarse lo que se conoció como el acuerdo, o, por otro nombre impostado, la paz. Como se sabe, esto se refiere a lo que se convino en la ciudad de La Habana entre el Gobierno colombiano y la guerrilla para cesar hostilidades.

Se partió de una premisa falsa. Con ese bautismo verbal, se engañó a la Nación internamente y a los países amigos. Lo convenido por el Gobierno Santos a su modo y estilo se llamó la paz. Así, cualquier opositor no invitado al convivio caía en la trampa de convertirse en enemigo de la paz.

Santos, político asaz malicioso, blindó su propósito con esta careta moral; quienes, ignorando el contenido, sólo podían observar que iban y venían razones entre el Gobierno nacional y La Habana eran feligreses no deliberantes de la paz de Santos. La labor internacional no fue menor, acompañada de la que por años ha venido realizando la guerrilla, por medio de sus llamados embajadores, de eficaz misión en Europa.

Se negociaba en Colombia, por fin, la paz anhelada, fue lo que trascendió, tras muchos años de guerra (también este término era conveniente magnificarlo y lo dejaron en algo así como 50 años). Santos, Juan Manuel Santos, muy querida y culta persona, iluminado por la sabiduría de su hermano Enrique, fue adobando, con un oportuno asesor noruego, el reconocimiento mundial que se manifestaría en la medalla de la dinamita, es decir, en el Nobel de la Paz. La boca de los opositores enmudeció –dinamitada- para siempre.

Escrupuloso, sin embargo, el aspirante a Nobel, pensó que la población colombiana podría no estar de acuerdo con los pactos de Cuba, que entrañaban desvíos constitucionales, y jugó al riesgo de someterlos a aprobación plebiscitaria. Fue Troya, Santos se encerró en su despacho, hubo consternación en Casa de Nariño: el jefe desmayaba, derrotado.

Agobiado y todo, reaccionó; imagino que la voz enronquecida de Enrique (el colombiano, no la del Enrique español) se dejó oír en la fría casona y levantó el ánimo de su hermano menor. De hecho, el presidente pudo darle la vuelta al No de los resultados y transformarlo en un Sí, lo que probablemente asombró a su mentor, desacostumbrado a tan manifiesta doblez.

Regresando de sus hechos, con dos libros de relatos a su manera, el expresidente coronado vuelve a dirigir el coro de los amigos de su paz, que no ha sido la del país. Pide que se rodee el viejo y discutido acuerdo suyo con la guerrilla. Quizás enrede de nuevo a Uribe, ingenuo aunque no lo parezca, y le sea más fácil ahora cuando se encuentra reducido y en sometimiento judicial.

Continuando con el uso equívoco de las palabras, al invitar a la ciudadanía a rodear el acuerdo y por tanto lo que ellos han considerado la paz, lo que se está haciendo es permanecer en la polarización que el mismo Santos creó al negar la voluntad popular.

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