Por: María Antonieta Solórzano

¿Acumular nos vuelve inmortales?

Al parecer así lo creemos. Aunque todos sabemos que somos mortales y que ninguna posesión material o mental es capaz de hacernos infinitos, nos comportamos como si sólo cuando perdemos algo, ya sea una discusión o una fortuna, nos diéramos cuenta de que somos mortales.

Como si pretendiéramos alimentar la creencia o la fantasía inconsciente, en nuestro mundo la ambición y la codicia, a través de sus múltiples máscaras, engañan, arruinan y hasta asesinan con el objeto de acumular más dinero, prestigio o poder.

Pero, ¿será que en alguna época acumular no era una obsesión? Al parecer, hace mas de 7’000.000 años vivíamos en comunidades que conocían el valor de compartir, sabíamos que la vida de todos era importante. Después, con los asentamientos vino el menoscabo de las zonas que habitábamos y con ello la escasez.

Y ahí comenzamos la historia y la fantasía que hoy nos tiene al borde de la autodestrucción. El miedo creó, en la mente humana, dos peligrosas “certezas”: los recursos son escasos y la solución para la escasez es “acumular” pero sólo en algunos, los capaces de dominar a los otros. No vimos las dolorosas consecuencias: si para acumular hay que jugar al poder y a la dominación, también hay que dejar de amar.

Y es que, cualquier solución que provenga del miedo es de suyo torpe y ciega, termina creando lo que pretende evitar. Para este caso se dio origen a un mortal ciclo que va de la escasez a la acumulación, en unos pocos, creando más miedo, y luego regresa a la escasez creando mas violencia.

De suerte que, por ejemplo, en nuestro país cuatro millones de personas o más huyen de sus tierras, se someten a la escasez porque temen morir mientras son torturados, violados o descuartizados por los que quieren acumular. En el mundo de la pareja, los cónyuges se vuelven celosos para controlar a la pareja que podría engañarlos.

Podemos comprometernos a construir un nuevo sistema de valores según el cual los valiosos son los que quieren servir, los que sueñan con un mundo donde la acumulación sea una historia, los que desean la tierra para el que la trabaja, los que viven en pareja sintiéndose libres y comprometidos.

Sabemos que una golondrina no hace verano y que por lo tanto, aunque la transformación personal es absolutamente necesaria, es sólo el primer paso, necesitamos que desde las familias hasta las organizaciones tomemos el riesgo de trabajar en red bajo un nuevo paradigma en el que cooperar para producir, servir y amar construirá una prosperidad que nos libere de buscar la inmortalidad en la acumulación.

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