Por: Juan David Correa Ulloa

Adentro/Afuera

El ensayo es un género exigente que requiere de buenas dosis de reflexión mezcladas con una narrativa muy particular que va de la digresión al aforismo: el ensayo busca dar sentido a las propias preguntas y se convierte en una confesión personal e intelectual.

Tal vez eso es lo mejor del más reciente libro publicado de Jonathan Franzen, que recupera una veintena de sus textos de no ficción aparecidos en revistas o escritos para conferencias. Más afuera es un compendio, pero también una poética. Por él desfilan las preguntas que Franzen intenta responder en voz alta. Con la claridad y la elegancia que caracterizan sus escritos intenta descifrar cuál es la razón para que un hombre dedique su vida a escribir libros, una tarea que, se supone, no es gran cosa en los tiempos que corren. La respuesta aparece en varias ocasiones, pero con especial énfasis en uno de los más bellos textos del libro dedicado a su amigo, el escritor David Foster Wallace. Es el texto que le da el nombre al conjunto, pues Franzen escapa de su vida para ir hasta la isla de Alexander Selkirk, en Chile, que también es llamada Masafuera. La isla, bautizada por el aventurero inglés en quien se inspiró Daniel Defoe para escribir Robinson Crusoe, es la posibilidad de hablar del reciente suicidio de Foster Wallace. La voluntad de aislarse de todo y reencontrarse con algo que se supone más puro es la expiación de una rabia: enfrentarse con la idea de la muerte de un amigo con quien compartió el credo de que escribir novelas es escapar de la soledad. Franzen dialoga así con Foster Wallace en una clave que va de lo personal —que no anecdótico— a lo literario. Una y otra vez aparecen referencias a la vocación que los dos eligieron por encima de cualquier consideración. Creer en la ficción no como un divertimento sino como en una probable extensión de la vida, en una forma de ser otros para poder dar cuenta de las frustraciones, del dolor, o de la risa.

Además de ese obituario extenso, que termina con la conclusión de que no hay escapatoria de uno mismo, Franzen dedica decenas de páginas a encontrar el sentido de su propia escritura. Un ensayo dedicado a la autobiografía como forma literaria es bastante esclarecedor. Aunque en sus dos primeras novelas el autor de Las correcciones y Libertad se negó con énfasis a no velar nada de su propia vida en lo que escribía, poco a poco comprendió que había ciertas cosas inevitables para un escritor comprometido con la idea de crear un mundo. Una de ellas es que siempre nos enfrentamos al reflejo de nosotros mismos y solo dejando la piel en las páginas de lo que escribimos es posible comprender cuál es el sentido de nuestras palabras. Nos cuenta cómo la muerte de su padre, o las manías de su hermano, se le convirtieron en motivos lo suficientemente poderosos para ser parte de dos de los personajes de Las correcciones. Avergonzado por utilizar rasgos de su intimidad luchó durante un año con la sensación de impudicia. Pero después, cuando la novela cobraba vida, una conversación con una amiga hizo que la culpa lo abandonara: el supuesto poder que el escritor cree que tiene está relacionado con el mundo que quiere crear y no con la vida misma. Eso es quizás lo esencial de este libro: la literatura esta ligada, indefectiblemente, a la vida. Esa es la vocación.

Más afuera, Jonathan Franzen, Salamandra.

 

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