Por: Lorenzo Madrigal

Adhesiones vergonzantes

Que votan por la paz, muy a pesar del candidato, dicen algunos de la izquierda política. Y el candidato sonríe, pues era eso lo que se proponía, viejo tahúr, conocedor paciente de sus carencias: no hablaba bien, no tenía carisma, se había tragado sus propias contradicciones, hasta en la familia encontró opositores y lo acompañaban, como a todo mandatario, perplejidades y desaciertos. Pero sería reelegido, tal era su meta, apegado a una bandera irreprochable: la paz.

Muchos otros a una, como en Fuenteovejuna, marchan ahora con la inefable palomita en la solapa, esperanzados en una paz a la que ya le faltan, según se dice, pocos hervores. Un puntico álgido es que mi general Jorge Enrique Mora, alto comisionado, exige entrega de armas y las Farc (todavía no decimos la Far) no aceptan nada que se parezca a una rendición.

Otro puntico azaroso es que el presidente jura y rejura que no habrá impunidad y todos sabemos que no es posible acuerdo de paz con nadie si la condición es irse a la cárcel. Y a mi juicio esto hay que aceptarlo así. En esta columna se detesta el cautiverio humano que representa una cárcel.

La llamada justicia transicional del diserto señor fiscal no la entiende nadie, pero habría que aplicarla, así consista en barrer los sábados el atrio de la catedral primada. Esta, más algunas otras dificultades, es la paz que ya está lograda (!) y la que no vale la pena malograr, rasgándola con una zeta al final de la palabreja.

Elegir a un presidente para enseguida atacarlo es, llana y simplemente, combinar formas de lucha y decir que el candidato está comprando votos a diestra y siniestra y enseguida ofrecerle el suyo pareciera estarlo vendiendo, lo que en el caso de Clarita es imposible imaginar. Viene del más alto linaje (para consuelo de Martín Santos), sobrina nieta del gran López y prima sobrina del segundo, una aristocracia rebelde alimenta su espíritu, que no se compra ni se vende.

¿En qué queda el balcón de Petro? ¿Dónde fueron a parar las ofensas que le embocinó a Santos, por quien ahora vota, en sujeción, según parece, a consigna de los altos mandos del socialismo? Subámonos al caballo de Troya del poder y después verán qué hacen con nosotros, razonaría el magín de los heliotropos de la guerrilla, asentada muellemente en La Habana.

No toda adhesión es vergonzante. En su mayoría nacen de la voluntad libre. Aún así sorprende cómo este jugador de póquer puso a un Vargas Lleras de segundón; sedujo al Polo en la aristocracia pálida de Clarita; atemperó a Cepeda; puso a vociferar al ex presidente Gaviria, con ordinariez; tiene a sus pies al viejo diario de la familia, que no le publica las encuestas adversas; reniega del gobierno al que perteneció; Belisario, el romántico, adhirió a su paz (a la paz de Santos, propiedad particular) y ahora me pregunto si podrá poner en cintura a Angelino. Y siguen más firmas.

 

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