Por: Catalina Uribe Rincón

Adicción a los teléfonos, ¿en serio?

Durante el siglo XIX se volvió costumbre que los viajeros de tren leyeran durante los trayectos.

Muchos lo hacían motivados por placer y otros por aburrimiento. La mayoría, sin embargo, confesó sentirse incómoda con la manera en la que estaban diseñados los vagones. Los compartimentos destinados para la clase media tenían cuatro puestos, dos enfrente de otros dos, y los encuentros de miradas con desconocidos hacían la experiencia extraña.

Los escándalos sobre el alegado aislamiento por la lectura no esperaron. Esta crítica retornó en 1960 con la aparición de la “casetera de sonido” dentro de los carros y en 1979 con el nacimiento del Walkman. En todos estos casos se produjo una preocupación generalizada con respecto a la llamada “burbuja” en la que nos envuelve la tecnología.

Ahora el turno es de los teléfonos móviles. Llevamos más de una década preocupados por la distancia que ponen estos aparatos entre los seres humanos y el riesgo que representan para lo que debería ser una “auténtica” experiencia de comunicación. Tanto así que el teórico Michael Bull afirmó hace unos años que paradójicamente entre más grande es la necesidad de proximidad y conexión expresada en el uso de tecnologías móviles, más alienantes se vuelven los espacios en los que nos movemos a diario.

Esta semana circuló una noticia sobre la adicción a los teléfonos inteligentes. Allí se afirma que un estudiante promedio consulta su móvil entre 60 y 70 veces al día. La nota concluye con la usual recomendación de privilegiar siempre a quien está al frente y no al “alejado” amigo virtual. Así bien, otra vez, como era de esperarse, vuelve el trillado discurso sobre la nocividad de la novedad. Sin embargo, lo cierto es que por más de que sigamos reacios, la tendencia irá en contra de la prehistórica y cuasi-romántica idea de que sólo lo presencial es real.

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2015-08-05T22:53:12-05:00

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