Por: Mauricio Rubio

¿Adictas al sexo?

Kelly McDaniel es una terapista especializada en mujeres que sienten haber perdido el control de su sexualidad, que sufren relaciones adictivas.

“Como un alcohólico describiendo su primer trago” María le recordó que a los 11 años se encerraba con un joven mayor a besarse. “Me sentía eufórica, y entendí que siempre necesitaría esto para ser feliz”. A los 17 años un novio sin interés por hacerlo a toda hora la frustró pues “estaba programada para ser sexual”. En la universidad el sexo aumentó, al igual que su desconfianza hacia los hombres.

De 16 años, Heather empezó relaciones sexuales con Mark, que insistió en mantenerlas secretas. Al irse su tinieblo para la universidad ella empezó a acostarse con jóvenes que ni siquiera le gustaban. Mark tenía otra novia pero llamaba cuando estaba borracho. Para no dejarse afectar por ese juego, Heather se acostaba con otros. Tenía la lista de conquistas y sintió que ganaba poder con su capacidad seductora.

Tori perdió la virginidad con un compañero que salió a pregonar que era una cualquiera. Decidió que jamás otro hombre tendría ese poder sobre ella. Cortó y se dedicó a acostarse con sus amigos. A los 16 años conoció un señor mucho mayor que la llevó a su casa y la abordó de una manera que sólo en la terapia Tori asimiló a una violación; siempre creyó que había sido culpa suya. La vida universitaria giró alrededor de la cama. “Me acostaba con cualquiera. Todo en mi mundo era sexo”. De haberle faltado dinero, “me hubiera vuelto stripper, o escort”.

Siendo estudiante, Barbara conoció un divorciado de treinta años y sin empleo. No lo quería pero se sentía poderosa ayudándolo. Durante el posgrado salió con un jugador drogadicto que después de un poker le pidió que se acostara con el ganador para saldar la deuda. Ella aceptó porque no quería arriesgar la relación a pesar de que él la evadía permanentemente. Para compensar empezó a tener cada vez más compañeros de cama casuales.

McDaniel resume el dilema de estas mujeres. “La necesidad de una relación afectiva se estrella con un verdadero terror por sentirse cercana y dependiente de alguien”. Los vínculos “no los establecen con una persona sino con la experiencia de sentirse sexual”. La inseguridad en las relaciones afectivas proviene, según la terapista, del abuso o los problemas familiares cuando niñas. A los cuatro años, por ejemplo, María se sintió sola una noche, llamó a su mamá pero vino el papá. Asustada, insistió en ver a su madre y lo que recibió fue una cachetada. En una celebración familiar, Barbara corrió a abrazar al papá que entraba cuando oyó que su mamá decía: “esa niña me va a quitar a mi marido”. Con un padre mujeriego que siempre llegaba tarde, a los cinco años Tori encontró una noche a su mamá llorando. Se había tomado unas pepas y después le contaron que trataba de hacerse daño.

“El sexo es lo único feliz que había en mi vida”, cuenta una ex combatiente sobre su vida en la guerrilla. “Sola me parecía que no era nadie … Pasaba el calor de las noches pero cuando amanecía terminaba todo porque era posible que esa misma tarde, chao, adiós. Y a hacer cuenta que no lo había visto. Más adelante conocía a otro, más adelante a otro. A olvidarse de ellos y a pensar en que no existieron”. A este testimonio se le puede sumar que no pocas desmovilizadas reportan un abuso que hace parecer juego de niñas los sufridos por María, Barbara o Tori, que otras perdieron la virginidad no como estudiantes con el novio sino en el monte con un actor armado y que ese evento ocurrió en promedio a los 14 años mientras para las demás colombianas es a los 17, que los guerrilleros disfrutan la disponibilidad sexual de sus compañeras pero las critican por fáciles, que la promiscuidad no es sólo decisión personal sino que está activamente promovida por una férrea organización que, además, sabotea los romances y prohibe tener hijos.

Ante tales arandelas no se requiere ser Kelly McDaniel para vislumbrar los problemas que tendrán que enfrentar en el posconflicto las mujeres ex combatientes al tratar de reinsertarse en entornos muy machistas, como el campo colombiano. La información disponible sobre desmovilizadas muestra que para ellas ha sido difícil restablecer una vida de pareja. Mª Eugenia Vásquez, ex M19, destaca “la estigmatización social de la que fueron objeto las excombatientes por considerárselas doblemente transgresoras: haber infringido las normas de convivencia pacífica y haber ido en contra de los patrones de comportamiento establecidos para las mujeres”.

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