Por: Klaus Ziegler

Adictos y adicciones

Abandonar un vicio es tan difícil como bajar de peso haciendo dieta o dejar a un amante.

Conocí a un fumador empedernido que murió de enfisema, y que en su lecho de muerte sólo se quitaba la mascarilla de oxígeno para fumar. Y a una mujer que se enamoró del mejor amigo de su marido y prefirió suicidarse antes que destruir su matrimonio y perder a sus hijos, al verse incapaz de renunciar a ese gran amor.

Las drogas, igual que el sexo, aumentan los niveles de dopamina, noradrenalina y serotonina, lo que se traduce en una sensación de intenso placer. Pero existen otras formas de aumentar los niveles de estos neurotransmisores, como fumar o comer. Al fumar, la nicotina afecta las neuronas que producen acetilcolina y activa la producción de dopamina, lo que también ocurre cuando saciamos el apetito.

Esto hace que dejar de fumar o seguir una dieta requieran  una voluntad sobrehumana. Las estadísticas muestran que 95% de las personas que se someten a un régimen para bajar   peso vuelven a recuperar los kilos perdidos a los pocos meses, a medida que la voluntad se va extinguiendo. Ni Santo Tomás, consciente del pecado de la gula, fue capaz de controlar su apetito, hasta el punto de que hubo que recortar su mesa de trabajo para que pudiera encajar en ella su enorme barriga.

No es sorprendente que la naturaleza haya descubierto mecanismos que funcionan en forma independiente de nuestra voluntad y que nos incitan a buscar estímulos para la supervivencia. Apenas ahora comienzan a dilucidarse los procesos neurológicos del placer, el displacer y la adicción.

Toda sustancia psicoactiva se caracteriza por alterar la función del sistema dopaminérgico. Cuando consumimos una droga se produce un incremento en los niveles de dopamina y otros neurotransmisores, que alteran los receptores a los cuales éstos se adhieren, haciéndolos cada vez menos sensibles, lo que hace que el consumidor requiera la droga con una frecuencia cada vez mayor hasta volverse adicto.

Es curioso que muchos políticos estén convencidos de que los adictos a las drogas prohibidas no sean más que delincuentes que hay que encarcelar o someter a tratamientos psiquiátricos al estilo de La naranja mecánica, como proponían algunos congresistas. Como si castigando al adicto se acabara con el problema.

Esta actitud no sólo es ignorante, sino hipócrita: las tabacaleras, cerveceras y licoreras han gozado de la protección oficial, a pesar de que el tabaco y el alcohol causan un daño social más grande que el de todas las drogas prohibidas juntas.

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