Por: Oscar Guardiola-Rivera

Adieu l’ancien politique, bienvenida la nueva

El resultado de las elecciones el pasado fin de semana en Francia demuestra dos proposiciones. En primer lugar, el eje de los antagonismos políticos ya no es la ortodoxia de derecha e izquierda. En esta lectura francamente eurocéntrica de la historia, la diferencia entre izquierda y derecha continúa siendo imaginada en términos de la disposición de la Asamblea Francesa.

Allí, a la derecha y la izquierda, distintos miembros del antiguo régimen y la burguesía emergente, mercantil y terrateniente, dispusieron de manera espacial cómo repartirse el poder en la nueva coyuntura determinada por el colonialismo y el comercio.

En dicha coyuntura, las tendencias más radicales de la Ilustración que aparecieron en diversas partes del globo alrededor del activismo de los campesinos, las mujeres, las hidrarquías, la paz perpetua y la lucha antiesclavista, fueron domesticadas con rapidez y firmeza. La deriva de la Revolución Francesa en Imperio, con Napoleón y la campaña bélica contra las mujeres y los esclavos que se habían liberado a sí mismos en el Caribe, ejemplifica dicho compromiso político.

En éste las reglas del juego global emergente, colonialismo y comercio, centro y periferia, no serían cuestionadas por sus beneficiarios sin importar en qué lado de la sala asamblearia estuviesen sentados.

Eso es lo que ha cambiado y las elecciones francesas lo demuestran. Una segunda proposición afirma en tal sentido que la política actual tiene como eje la diferencia entre perdedores y beneficiarios de la globalización, o centro y periferia. Sólo que, de una parte, las periferias se han movido al centro y varios centros han aparecido en las antiguas periferias coloniales.

La Euroamérica de hoy no sólo coloniza otros lugares del globo, y no tanto en casos como China y Latinoamérica, sino que también se coloniza a sí misma. De la otra, la intensificación de la globalización, y en particular la financialización de la economía y la política, han hecho más importante la cuestión nacional, no menos, como venía observando la teoría latinoamericana desde comienzos de los noventa.

Ello explica la aparición de los partidos mal llamados “populistas”, pero también la distinción emergente entre populismos “de derechas” y “de izquierdas” y los nuevos racismos.

Así, quien interprete la victoria de Macron como un triunfo del “centro” en contra del “populismo”, se equivoca. Primero, porque Macron no representa al centro, cada vez más vacío, sino al sector financiero. Su gesto inaugural fue reclamar a París como el nuevo centro financiero global de Europa tras rbexit.

Segundo, porque su “antipopulismo” es tan sólo una manera de justificar la destrucción del estado social de bienestar que se avecina. Y esto último determinará su impopularidad creciente e intensificará los antagonismos.

 

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