Por: Daniel Pacheco

Adiós al Polo

TODAVÍA ME RETUMBAN LAS PALAbras del senador Robledo, del Polo Democrático: "...si no actuamos como equipo y en unidad, no hay futuro para nadie y menos para Colombia, porque (el Polo es) la única esperanza de este país".

Lo más trágico de esas declaraciones mesiánicas es que Robledo cree, en lo profundo de su dogmática mente, que son verdad. Y no es sólo Robledo, esta forma de pensar es la epidemia responsable del acelerado declive del Polo.

Porque un partido político que se ve como la única alternativa, como el poseedor de la verdad, además de ser terriblemente descalificador de los demás, mata toda posibilidad de autocrítica. Entonces, mientras Robledo y Petro se disputan la coherencia ideológica de “la izquierda”, son incapaces de enfrentar a sus compañeros de lucha que roban callados.

El problema del Polo no es de tendencias, es de diván. Si alguien dentro de ese partido todavía tiene esperanzas de salvar un proyecto político con posibilidades de gobernar, debería internar a sus dirigentes en una terapia de grupo. ¡Ya!

Trabajando para Gustavo Petro, tuve la oportunidad de ser testigo de primera mano de algunos eventos de manicomio que dan lugar a las grandes fracturas dentro del Polo. La “unidad”, aquello sin lo cual Robledo dice “no hay futuro para nadie”, ha sufrido más porque sus líderes no se pasan al teléfono, por cualquier desacuerdo ideológico.

Una señal de lo peculiar del pensamiento polista es que “izquierda”, en su lenguaje, no es sólo un adjetivo, sino también un nombre propio. Nacen así expresiones como “representamos la unidad de la izquierda”. Los complejos de personalidad detrás de tener que nombrarse se entienden más claramente a partir del “los ataques de la derecha”. La derecha, nombre que ningún partido usa para referirse a sí mismo, y que la izquierda no ha sabido explicar bien a quién se refiere, es el punto de apoyo a todo lo que ha sido el Polo: una oposición.

Por eso los retos para el Polo en este gobierno son mucho mayores. Los llamados de concordia del nuevo presidente pueden tener efectos más negativos para la supervivencia de “la izquierda”, que los ataques desde “la derecha”. Por eso la paradoja, planteada por Eduardo Posada Carbó, es que la oposición tiene hoy la presión de hacer reales las promesas de unidad nacional, y no el Gobierno.

Posada Carbó insiste en la necesidad de romper prejuicios para acercar a los partidos políticos del país hacia una “paz política”. Buena suerte. Irónicamente, no hay ningún partido menos revolucionario y más conservador que el Polo. Basta ver la tenacidad religiosa con la que internamente se debate a partir de exégesis del Ideario de Unidad, la Biblia del partido.

Ahora que sus temas bandera, como la pobreza, el desempleo y las víctimas, han sido asumidos por la coalición del gobierno, cabe preguntarse: ¿Desaparecerá el Polo?

Tal vez eventualmente. Tal vez conserve un lugar cada vez más reducido. Como quiera que sea, me separo del pesimismo que ve en la desaparición de este partido un signo preocupante para la democracia colombiana. A fin de cuentas, el Polo es de izquierda, no la izquierda.

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