Por: Daniel García-Peña

Adiós, Alfredito

Conocí a Alfredo Molano en el apartamento de mi tía Luz en 1980. Yo era un joven inquieto, recién desempacado de los Estados Unidos, curioso por conocer y entender la historia de este país. Ese día me impresionó de inmediato: por su lucidez, por sus tenis Converse, pero sobre todo por ser la primera persona que yo conocía que había ido a campamentos guerrilleros. Quedé fascinado al escuchar tanto sobre ellos. A él mis preguntas le parecían ingenuas y hasta divertidas. Sin embargo, hasta bien entrada la noche, me las contestó con paciencia, conocimiento y tiempo. Me cogió cariño y yo a él, y desde ese entonces pronunció siempre mi nombre en diminutivo, a pesar de ser yo bastante alto. Con los años, empecé a devolverle la práctica, convirtiéndose para mí en Alfredito.

Aprendí muchísimo de él y con él. Generoso con sus conocimientos, pero sobre todo con sus preocupaciones, sus interrogantes y su dolor por la injusticia, escucharlo era una delicia, un verdadero placer. Pero a la vez, él escuchaba y sabía escuchar como nadie. Mucho se ha escrito en estos días, con razón, resaltando el haber dedicado su vida a darles voz a los sin voz, los desconocidos, los olvidados, los excluidos, por quienes tenía una sensibilidad auténtica, nada sensiblera, obsesionado por resaltar su dignidad, su inteligencia y su mirada. Tenía una fuerte aversión a la arbitrariedad y a la violencia del poder. Recorrió el país en chalupa y a mula; a mis estudiantes les digo que quienes más conocen Colombia en toda su extensión, caminándola, son el ejército, la guerrilla y Alfredo Molano.

Con sus libros, le ayudó al país a ver y comprender las causas de la guerra, pero siempre desde la orilla militante del diálogo y la salida negociada. Trabajamos juntos por esa causa, en una etapa muy intensa, durante los difíciles años del gobierno de Samper. Con los coequiperos nos reunimos en su casa de La Calera cuando el ruido de sables de Bedoya frustró nuestros incipientes intentos de reiniciar diálogos con las Farc, para recargar las fuerzas, tomar aire y seguir en la lucha.

Esos esfuerzos nos ganaron amenazas de Carlos Castaño y fuimos obligados a salir del país, yo para Washington y Molano para Barcelona y luego San Francisco. Incapaz de quedarse sin hablar con desterrados, buscó a las mulas presas en las cárceles españolas y luego a los inmigrantes que habían llegado a California cruzando ilegalmente la frontera con México, para convertirlos en dos de sus mejores libros: Rebusque mayor (1999) y Espaldas mojadas (2005).

Cuando lo nombraron en la Comisión de la Verdad, aunque decía que le aburría tener que bajar mucho a Bogotá, como defensor a ultranza de los acuerdos de La Habana, sintió un gran sentido de la responsabilidad que esto implicaba. Obsesionado con la importancia de indagar acerca de las causas y las raíces de la guerra, Molano consideraba indispensable el esclarecimiento histórico de la génesis del conflicto armado interno colombiano, que para él está ubicada en el genocidio al movimiento gaitanista a partir de 1946, como lo ilustran los relatos en su libro clásico Siguiendo el corte (1989).

En las últimas conversaciones que sostuvimos, ya combatiendo la enfermedad, compartía sus preocupaciones acerca del trabajo y de lo que sería el informe final de la Comisión. Temía que, en aras de buscar equilibrios, las responsabilidades del Estado, de los militares, de los oligarcas, quedaran diluidas, matizadas, borradas. Por el contrario, estaba convencido de que en esta ocasión deberían primar las voces de los débiles sobre las de los poderosos, las de las víctimas sobre las de los victimarios, ya que siempre ha sido al revés. La verdad, nos decía Molano, para que sirva para sanar, tiene que doler. Él les transmitió sus inquietudes a sus co-comisionados de la Verdad. Y el padre Francisco de Roux, como presidente, nos lo hizo saber durante el bello acto de despedida que se realizó en la Universidad Nacional, al asumir sus advertencias como los grandes desafíos de la Comisión.

Además de ser un gran cronista, periodista, investigador social y pazólogo, sobre todo fue un excepcional ser humano. Siempre, cuando nos veíamos, su primera pregunta era acerca de mis hijas. Nos tocó compartir juntos muchos golpes —la derrota del Sí en el plebiscito fue brutal—, pero, sin exagerar, nunca lo vi tan triste y golpeado como cuando le dieron la noticia de que su nieta adorada Antonia se iba a vivir al Perú. Rodeado siempre de esposas, hijos, hermana, nietos, sobrinos, fungía sobre todo como patriarca del clan Molano. Su hijo Alfredo lo dijo muy bien cuando afirmó que fue absolutamente lógico que su muerte haya sido por el corazón.

Me siento un ser privilegiado por haberlo tenido como parte de mi vida. ¡Adiós, Alfredito!

[email protected]

* Profesor de la Universidad Nacional de Colombia y director de Planeta Paz.

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