Por: Thomas L. Friedman

Adiós a Gerónimo

SOLAMENTE HAY UN ASPECTO POsitivo con respecto al hecho de que Osama bin Laden sobreviviera durante casi 10 años después del asesinato masivo que él organizó en las torres del World Trade Center y en el Pentágono.

Y es que vivió durante suficiente tiempo para ver cómo muchos jóvenes árabes repudiaban su ideología. Vivió el tiempo suficiente para ver a suficientes árabes jóvenes, de Túnez a Egipto y de Yemen a Siria, alzándose de manera pacífica para ganar dignidad, justicia y autogobierno que Bin Laden alegó que sólo podrían obtenerse mediante violencia asesina y un regreso al islam puritano.

Nosotros hicimos nuestra parte. Matamos a Bin Laden con una bala. Ahora, el pueblo árabe y musulmán tiene la oportunidad de hacer su parte —matar el ‘binladenismo’ con una votación—, esto es, con verdaderas elecciones, con verdaderas constituciones, verdaderos partidos políticos y verdadera política progresista.

Sí, los tipos malos han recibido un duro golpe a lo largo del mundo árabe en los últimos meses: no solamente Al-Qaeda, sino toda la galería de dictadores intratables, cuya suave intolerancia de bajas expectativas para sus pueblos había mantenido retrasado al mundo árabe. Ahora la pregunta es: ¿pueden las fuerzas de la decencia organizarse, ser elegidas y empezar a erigir un futuro árabe que sea diferente? Ese es el interrogante de mayor importancia. Todo lo demás es ruido.

A fin de entender ese desafío, necesitamos recordar, una vez más, de dónde salió el ‘binladenismo’. Surgió de una negociación con el diablo entre países consumidores de petróleo y dictadores árabes. Todos nosotros —Europa, Estados Unidos, India, China— tratamos al mundo árabe como una serie de grandes estaciones de combustible, y todos enviamos el mismo mensaje elemental a los petrodictadores: Mantengan el flujo del petróleo y pueden tratar a sus pueblos como les venga en gana, a lo lejos, donde nosotros no veamos. Bin Laden y sus seguidores fueron producto de todas las patologías cuyo crecimiento se permitió en la oscuridad y lejos: paralizantes déficits de libertad, de poder para las mujeres y de educación a lo largo del mundo árabe.

Estos déficits fomentaron un profundo sentido de humillación entre árabes con respecto a cuán rezagados habían terminado, una intensa hambre de controlar su propio futuro y un penetrante sentido de injusticia en sus vidas cotidianas. Eso es lo más notorio con respecto a las insurrecciones árabes en Egipto y Túnez en particular. Fueron casi apolíticas. No giraron en torno a la ideología. Fueron impulsadas por los anhelos humanos más elementales de dignidad, justicia y control sobre la propia vida. Recuerden, una de las primeras acciones de los egipcios fue atacar sus propias estaciones de policía —los instrumentos de la injusticia del régimen—. Y debido a que millones de árabes comparten estos anhelos por dignidad, justicia y libertad, estas revoluciones no van a desaparecer.

Pero, a lo largo de las décadas, los dirigentes árabes fueron muy diestros para tomar toda esa ira fermentada en el fondo y redirigirla hacia Estados Unidos e Israel. Sí, la propia conducta de Israel a veces alimentó el sentido árabe de humillación e impotencia, pero no fue la causa principal. No tiene importancia. Mientras los autócratas chinos le decían a su pueblo: “Les quitaremos su libertad y, a cambio, les daremos cada vez más educación y un mejor nivel de vida”, los autócratas árabes dijeron: “Les quitaremos su libertad y les daremos el conflicto árabe-israelí”.

Este fue el tóxico punto “remoto y rural” desde el cual emergió Bin Laden. Retorcido psicópata y falso mesías, predicaba que sólo mediante la violencia —solamente destruyendo a estos regímenes árabes y sus partidarios estadounidenses— podría el pueblo árabe ponerle fin a su humillación, restablecer la justicia y formar algo similar a un califato mítico e incorrupto.

Muy pocos árabes apoyaban activamente a Bin Laden, pero en las primeras etapas captó considerable respaldo pasivo por su desafío hacia Estados Unidos, los regímenes árabes e Israel. Pero, a medida que Al-Qaeda fue obligada a correr, e invirtió la mayor parte de su energía matando a otros musulmanes que no seguían a pie juntillas su línea, incluso su apoyo pasivo se desvaneció (con la excepción de la demente dirigencia de Hamas).

En ese vacío, sin esperanza de que alguien más saliera en su rescate, al parecer —en la forma totalmente impredecible en que ocurren estas cosas— la opinión pública en Túnez, Egipto, Yemen y otros países se sacudió sus temores y decidió que ellos mismos cambiarían lo que estaba ocurriendo en áreas remotas tomando el control de lo que estaba ocurriendo al frente.

Y lo más impresionante fue que decidieron hacerlo bajo el estandarte de una palabra que se oye con mayor frecuencia hoy día entre rebeldes sirios: “Silmiyya”. Significa ‘pacífico’. “Haremos esto pacíficamente”. Sencillamente es lo opuesto del ‘binladenismo’. Equivale a los árabes diciendo a su propio estilo: “No queremos ser mártires por Bin Laden o peones de Mubarak, Assad, Gadafi, Ben Ali y todos los demás. Queremos ser “ciudadanos”. No todos lo quieren, por supuesto. Algunos prefieren identidades más religiosas y sectarias. Es ahí donde estará la lucha.

No podemos predecir el resultado. Todo lo que podemos esperar es que esta vez realmente se dé una lucha de ideas; que en una región donde los extremistas van hasta el final y los moderados sólo tienden a irse, esta vez sea diferente. Los moderados serán tan apasionados y estarán tan comprometidos como los extremistas. Si ocurre eso, tanto Bin Laden como el ‘binladenismo’ estarán descansando en el fondo del océano.

*Columnista de The New York Times, ganó su tercer Premio Pullitzer a comentarios editoriales en 2002.

2011 The New York Times News Service,

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