Por: Carlos Granés

Adiós, Judith

EL VIERNES 10 DE ABRIL, A LOS 88 años de edad, murió la actriz, directora y activista Judith Malina.

Aunque a los hispanohablantes su nombre puede no decirles mucho, Malina, junto con su esposo Julian Beck y el Living Theatre, la compañía de teatro experimental que fundaron en 1947, fue protagonista de buena parte de las transformaciones culturales que se dieron en los sesenta. Inspirados por la vanguardia europea, los dos artistas pusieron a prueba con fervor místico las posibilidades del arte para cambiar al ser humano y transformar las sociedades. Sus obras de teatro más reconocidas, en especial Paradise now, de 1968, fueron experimentos colectivos en los que actores y espectadores pasaban por ritos, visiones y acciones transgresoras, cuyo fin era enseñar a vivir una vida paradisiaca, no regida por las normas sociales sino por los deseos y necesidades que brotaban de la naturaleza humana.

Desde 1948, Judith y Julian habían desafiado a la conservadora sociedad estadounidense experimentando con relaciones que hoy llamaríamos poliamorosas y fundando en su apartamento neoyorquino una protocomuna hippie de actores y artistas. Judith tuvo fuertes vínculos con la bohemia católica del Village y en 1955 fue de las primeras en salir a la calle a protestar contra las bombas nucleares. Su anarquismo fue radicalmente pacifista y optimista. A pesar de los fracasos, la cárcel y el exilio, nunca perdió su fe en el ser humano.

Su trayectoria en Estados Unidos fue osada y ayudó a reblandecer los duros esquemas sociales que marcaron el ritmo de la vida en los años cincuenta, pero donde demostró verdadera valentía fue en Brasil, país al que ella y su troupe llegaron en 1970, en plena dictadura militar, a liberar a los oprimidos con sus obras de teatro. Su quijotesca aventura en las favelas brasileñas es única en la historia cultural del siglo XX. Después de haber lanzado una revolución cultural en una sociedad abierta, tan conservadora como se quiera pero finalmente democrática y garantista, el Living Theatre se enfrentó a la arbitrariedad de una dictadura latinoamericana. Deambularon por São Paulo, Río de Janeiro y Minas Gerais, actuando y viviendo en comunidad hasta que su presencia libérrima se hizo insoportable para los acerados esquemas de la dictadura. El paraíso que Judith había querido inventar al fin se hizo realidad, pero no en los escenarios sino en su casa de Ouro Preto, donde abrieron un pequeño espacio de libertad que permitió a los jóvenes evadirse del guion moral impuesto por los militares. Un paraíso modesto, que la policía política del régimen liquidó cuando llegó a detenerlos. Después de dos meses de encarcelamiento arbitrario, la presión internacional de intelectuales y artistas, entre ellos Sartre y Bob Dylan, forzó al dictador Médici a expulsar al Living Theatre del país. Siguieron viajando y actuando, y ni siquiera la muerte de Julian en 1985 detuvo a Judith. Antes de que el tabaco colapsara sus pulmones, alcanzó a estar otros treinta años sobre los escenarios.

Yo dediqué tres años a escribir un libro sobre ella y el impacto que tienen las artes en la sociedad. El jueves 9, la editorial me envió el primer ejemplar. Al día siguiente murió Judith.

 

 

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