Por: Arlene B. Tickner

Adiós a la diplomacia

El Plan Conjunto de Acción Comprehensivo (JCPOA por sus siglas en inglés), suscrito entre Alemania, China, Francia, Gran Bretaña, Rusia, Estados Unidos, la Unión Europea e Irán ha sido reconocido como un modelo de diplomacia y concertación multilateral digno de replicarse ante otros problemas mundiales.  En éste, el gobierno iraní se comprometió a reducir su programa nuclear y dar acceso ilimitado a los inspectores del Organismo Internacional de Energía Atómica para la verificación, a cambio del levantamiento de sanciones económicas.  Desde su entrada en vigencia en enero de 2016, el cumplimiento iraní con el JCPOA se ha verificado una y otra vez.

Pese a las súplicas de varios líderes europeos y los consejos de sus asesores moderados –la mayoría de quienes han sido removidos de sus cargos– el presidente Trump ha resuelto retirarse del acuerdo, reinstaurar aquellas sanciones que Estados Unidos había eliminado e imponer algunas nuevas.  Los grandes “ganadores” en esta torpe decisión son el asesor de seguridad nacional y secretario de Estado entrantes, John Bolton y Mike Pompeo, ambos islamofobos de ultraderecha cuyas posiciones a favor de la promoción de un cambio de régimen en Irán o de un ataque militar, son bien documentadas.  

El mandatario israelí, Benjamin Netanyahu, tampoco cabe de la dicha, ya que sus intentos por sembrar dudas sobre la honestidad negociadora de Irán y por persuadir a Washington a adoptar posiciones más duras frente a la “amenaza iraní” por fin han dado frutos.  Paradójicamente, los altos oficiales militares –incluyendo el actual comandante de las Fuerzas de Defensa de Israel– estiman que el JCPOA está funcionando y que su caída será contraria a los intereses de seguridad de ese país. 

Su raciocinio es que el principal desafío que plantea Teherán para Israel es Siria, y que el acuerdo nuclear ha hecho a los iraníes más cautelosos a la hora de responder militarmente a los ataques israelíes, que han buscado impedir la transferencia de armas a Hizbolá en el Líbano e impedir la creación de bases militares en territorio sirio.

“Ganan” además los de línea dura en Irán, que han criticado el acuerdo nuclear desde el principio.  Aunque el levantamiento de sanciones conllevó un aumento en las exportaciones de petróleo, la recuperación económica prometida por el presidente Hassan Rohani ha sido frustrada en lo interno por la corrupción y la ineficiencia burocrática, y en lo externo por la continuación de restricciones sobre las transacciones bancarias, la existencia de otras sanciones estadounidenses no relacionadas con el JCPOA, y el efecto disuasivo que tiene todo esto sobre la inversión extranjera.  

Dependiendo de la reacción europea, y de China y Rusia al anuncio de Trump, así como de su capacidad de compensar el retiro estadounidense del JCPOA, Rohani tendrá que decidir si los réditos económicos de permanecer en el acuerdo son mayores que los políticos de abandonarlo y de reanudar el (popular) enriquecimiento de uranio.

Con este triste precedente, se decae la diplomacia como instrumento idóneo para mitigar los problemas compartidos, se disipa la credibilidad de los acuerdos firmados por los Estados y aumenta el atractivo del uso de la fuerza para “resolver” las controversias internacionales, con lo cual perdemos todos.

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