Por: Juan Carlos Botero

Adiós, maestro Sábato

LO SABÍA. DESDE HACE MUCHO tiempo yo sabía que ese día iba a llegar, cuando me tendría que enterar de la muerte de Ernesto Sábato.

Aunque me creí preparado para escuchar esa noticia en cualquier momento, ahora que ha ocurrido y que veo su foto en la prensa, la del maestro muerto y tendido en su ataúd, sé que nunca estuve realmente preparado para oírla, no del todo, y por eso su muerte me duele más de lo que creí posible. Es una de esas tristezas que lo hacen a uno detenerse en plena cepillada de dientes, pensativo y evocador, con la boca llena de espuma, y de pronto advertir que estamos llorando.

Mil veces traté, mientras Sábato estuvo vivo, de expresarle mi gratitud. Por su obra, por haberla publicado (yo sabía lo difícil que había sido esa decisión, sus dudas y temores, su tentación de quemar sus manuscritos); por su actitud honesta y firme como escritor y, ante todo, por su generosidad conmigo. Desde las primeras cartas que nos cruzamos, y cada vez que nos vimos en persona, Sábato me animó a seguir escribiendo, por encima de todo y de todos. “No te rindas”, me decía siempre. Y sus palabras me recordaban la frase de Hemingway: “Hay que estar dispuesto a trabajar sin aplausos”. Por eso sé que, si no hubiera sido por sus amables y cariñosos consejos, por las muchas veces que Sábato me riñó y me espoleó a continuar, con la firmeza del padre que se empeña en sacar adelante al hijo travieso, yo nunca habría sido un escritor.

Mucho quedará por fuera de este texto. Quizá demasiado. Por ejemplo, mi admiración por la decisión de Sábato, en 1945, de renunciar a una carrera respetada y bien remunerada como la física para dedicarse, con su familia a cuestas, a la aventura incierta de la literatura; mi respeto por su liderazgo en la comisión de desaparecidos de las dictaduras argentinas, a pesar de las amenazas, y por publicar el terrible documento Nunca más; mi indignación al recibir las cartas en donde Sábato me confesaba que estaba sufriendo graves problemas económicos y que por favor le ayudara a vender los cuadros que él había pintado, ya que la creciente ceguera le impedía seguir escribiendo; la vez que, en un invierno desolador, cuando me encontré derrotado y sin salidas, sólo descubrí una luz al leer y releer, desesperado, Sobre héroes y tumbas. Y mucho más.

En todo caso, por los textos que he leído en estos días, me temo que Sábato pase a la historia como un hombre pesimista, un autor de la desesperanza. Hay mucho en su obra, sin duda, que permite esa lectura, y bastaba cenar con él en uno de sus “días malos” para confirmar esa impresión. Pero creo que es errada. Mi lectura de Sábato sugiere una conclusión distinta: la de un hombre que, a lo último, apuesta por la vida. Al final de Sobre héroes y tumbas, y a pesar de todo (y qué grande y abrumador es aquel “todo”), Martín no se suicida. Él reconoce la tarea que nos incumbe a todos luego de la tragedia y del paso arrasador del huracán, y se resume en una palabra: reconstruir. Quizás ésa es la esencia de la obra de Ernesto Sábato: pese a la tristeza y al desaliento, la vida es hermosa y vale la pena de ser vivida. Una enseñanza nada despreciable. Por todo ello sé que ésta no será la última vez que lo trato de decir, querido y remoto maestro: gracias de nuevo. Muchas, muchas gracias.

 

 

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