Adiós a Santos, “el traidor”

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No soy santista, nunca lo fui e inclusive en 1990, cuando empezaba mi vida como periodista de El Tiempo, tuve que renunciar a mi cargo de redactor político porque él pidió mi cabeza. Cabe aclarar que él era el subdirector de ese diario y estaba retirándose para entrar al gobierno de Gaviria, como ministro de Comercio.

Al contrario, para 2010, yo era un antisantista radical, no solo por motivos personales sino porque él representaba casi todo lo que abomino de esta sociedad: ese modelo aristocrático de una clase dirigente que no se renueva por votación sino por cooptación, o sea que los privilegios se le dejan a alguien que casi siempre es el hijo o el nieto; esa estructura de apellidos que estratifica en ciudadanos de primera, segunda y tercera; esa conciencia de una casta blanca por encima de la indiamenta y la negramenta. El “delfinismo”, al que no hemos restado vigor ni en el siglo XXI y que explica, entre mil razones, por qué Colombia prefirió hace un mes al desconocido pero rubicundo Duque, que al negrito Petro.

Para las elecciones de 2010, yo era más antisantista que nunca porque, además, Santos era el heredero, en el papel, de Álvaro Uribe, el personaje público más escabroso de todo este hemisferio. Voté entonces rabiosamente por Mockus y lloré las dos palizas que sufrió en primera y segunda vuelta. Hoy, ocho años después, voy a despedir este tiempo de Juan Manuel Santos con una extraña mezcla de compasión, rabia, asombro, nostalgia, admiración. Y, sin duda, simpatía. Inclusive, dado ese horizonte tan plomizo que se cierne sobre la paz y la guerra, sobre los derechos civiles, la moral pública, las garantías ciudadanas, es un adiós con una sensación de añoranza y pérdida.

Deberán pasar varias décadas para determinar qué tan malo o bueno fue este experimento, e incluso qué tanto le van a reconocer de lo que hoy él acredita como logros: disminución de la pobreza de 30 a 17 %, renovación total en la infraestructura víal, la tasa más baja de homicidios en 42 años, un hospital militar sin pacientes, progresismo frente a las minorías, supresión de visa a Europa, crecimiento geométrico del turismo, grandes resultados deportivos…

Es que, a la fecha, esos balances no solo están viciados por la estrategia uribista, esquemática, compulsiva, inescrupulosa, de cercar a Santos, descalificarlo, restarle cualquier mérito, en una vendetta moral, política, personal, sino también por todo lo contrario, o sea un fenómeno de compasión de muchos que lo sentimos como una víctima, un perseguido. Los juicios de valor hacia Santos están sesgados, entonces, por sobredosis de odio o por exceso de indulgencia, y quizás algún día logremos saber que pasó realmente con Odebrecht y la segunda campaña santista; dónde estuvo su cuota de responsabilidad en el nauseabundo Reficar, y qué tan culpables eran sus ministras Parodi y Álvarez, entre otras cosas.

La mayor argucia del uribismo en su contra fue haberlo convertido ante la opinión en un traidor, en alguien que mordió la mano del jefe sin el cual nunca hubiera llegado a la Presidencia. Una enorme falacia, pues ignora que para cuando él ya era ministro de Comercio, en 1990, Uribe era un político básicamente local, y olvida que luego Santos pasó por la cartera de Hacienda y que fue Designado Presidencial mucho antes del Ministerio de Defensa al que lo llevó “su jefe”; ahí ya llevaba dos décadas haciendo fila hacia la Casa de Nariño. Álvaro Uribe no se inventó a Santos ni lo hizo presidenciable, como afirman aquellos que se ilusionan con una “traición” similar de Duque, este sí sacado del sombrero del mago.

Pero, además, toda esa estrategia de convertirlo en traidor se construyó sobre un increíble entramado de mentiras, algunas delirantes como que Santos perteneció hace muchos años a la guerrilla, bajo el alias de “comandante Santiago”, y que por eso le quiso entregar el país a las Farc, y con unas dosis impresionantes de cinismo, pues mucho de lo que se le criticaba al proceso de paz lo había intentado el gobierno anterior con similares ofertas de “impunidad y premio a los bandidos”.

Creo que para Santos hubiera sido mucho más fácil administrar el simple statu quo que heredó de su antecesor, mantener el país en el crecimiento por inercia que llevaba desde los años 70, no agitar ese avispero con el Ejército y los cacaos de la economía, y seguir con las Farc arrinconadas pero no extintas en esa guerra de baja intensidad de las últimos cinco décadas. Así hubiera colgado simplemente su retrato en la galería de presidentes del Museo Nacional. Su grandeza, su punto alto en la historia, debe verse por ahí, por esa enorme apuesta, tan arriesgada, de acabar la guerra e intentar un nuevo país desde un campo mejor repartido y una política menos cerrada. Era a él, como hijo arquetípico de la oligarquía colombiana, a quien le correspondía cerrar un conflicto armado que su clase comenzó hace medio siglo cuando excluyó, a bala y a normatividad, a esas fuerzas populares que buscaban participar y hacerse oír. Santos es pues un traidor, pero de su propia ralea.

Sin duda se necesitaba un gran debate, un marco amplio para discutir muchas cosas, y espacios para disentir sobre los acuerdos, pero eso fue justamente lo que no se consiguió. El Presidente mostró la audacia, pero la contraparte (que no fueron las Farc, sino el uribismo, qué paradoja) utilizó “la combinación de todas las formas de lucha” (otra brutal paradoja) para intoxicar con mentiras, exageraciones, distorsiones, lo que se lograra en La Habana y perpetuar la guerra o iniciar una nueva. Sin ella no sabrían gobernar.

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