Por: Daniel García-Peña

Adiós, Uribe

PARECE MENTIRA, PERO EN TRES días, Álvaro Uribe ya no será presidente de Colombia. Sólo el correr de los años puede juzgar cuál será su verdadero legado, pero desde ya se afirma que Uribe cambió a Colombia.

Nadie puede negar que las Farc sufrieran los golpes más fuertes de su larguísima historia. Aunque los más duros se los propiciaron ellos mismos, asesinando a los diputados y encadenando a Íngrid. No obstante, las Farc, golpeadas y aisladas, ahí están.

En cuanto al paramilitarismo, lejos del desmonte, evolucionó y se consolidó. Tampoco se logró el plan original, expuesto en el nefasto proyecto de Alternatividad Penal, que vislumbraba a los jefes paras con curules en el Congreso. Quizá el único logro fue haber reemplazado “paramilitar” por “bandas criminales” en el léxico oficial.

Uribe cambió el rostro del conflicto armado, transformó la correlación de fuerzas de manera significativa y alteró los términos de la paz. Pero no lo resolvió. Por mucho que intentó negar su existencia, el conflicto colombiano continúa, como lo constata el hecho de seguir produciendo desplazados y víctimas a diario.

Uribe sí tuvo éxitos importantes en otros campos. Transformó la Presidencia, en estilo y fondo. Volvió a demostrar la alta rentabilidad política de enarbolar la bandera del odio y la intolerancia. Destrozó los partidos tradicionales, contribuyendo a la creación de un nuevo sistema de partidos.

Pero tan o más significativos son los muchos cambios que surgieron de la Colombia que resistió. Una oposición que pese a la descalificación sistemática y la persecución se desarrolló y se mantuvo. La administración de justicia, que a pesar de un trato semejante fortaleció su independencia. Un movimiento de víctimas que nació, se erigió como interlocutor obligado y elevó, por primera vez, exigencias frente a la verdad.

También hay que recordar las cosas que Uribe no logró. El TLC con USA, pieza clave de su proyecto estratégico, sigue en el limbo. Sólo pudo penalizar la dosis personal parcialmente y su llamado a los jóvenes a aplazar el gustico no tuvo mayor acogida. Los derechos de las parejas del mismo sexo avanzaron, el aborto se legalizó en casos específicos y la tutela siguió jugando un papel clave. La Constitución de 1991, magullada y asaltada, en últimas pudo más que Uribe.

Tendremos, eso sí, que lidiar durante muchos años con los efectos profundos de ocho años de uribismo. Al iniciar la era Uribe, Colombia era el cuarto país más desigual de América y hoy tiene la deshonra de ser el primero. Nos dejó con un nuevo modelo de desarrollo dependiente de la extracción de recursos naturales, mientras se abandona la infraestructura, la ciencia y la tecnología. Las relaciones con nuestros vecinos están críticas en tiempos de globalización en los que la clave es la integración.

 Y los cambios que sí debemos hacer —como la reforma de la tierra y el sistema de salud, por ejemplo— se aplazaron. En lo fundamental, Colombia no cambió: la violencia no se resolvió y la desigualdad se acrecentó. Y cuando más tendríamos que actuar unidos, Uribe nos dividió mucho más de lo ya muy divididos que siempre hemos sido.

 

[email protected]

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Daniel García-Peña

Ni sí, ni no, sino todo lo contrario

Algo está pasando en EE. UU.

Acuerdo Duque-“Timochenko”

A la mesa

Santos