Por: Mauricio Rubio

Adopción para lesbianas, no para gays

Un acierto del fallo sobre adopción igualitaria fue distinguir a las lesbianas, que resultaron favorecidas, de los gays.

Para detectar este avance basta el trino de la Corte, y aún sin conocer la sentencia caben algunas reflexiones de apoyo. El refrito de la homosexualidad como enfermedad subrayó el absurdo de opiniones expertas al servicio de causas políticas, y la indignación por esa viga en el ojo ajeno escondió la del propio: la evidencia favorable a la adopción irrestricta también es doctrina camuflada. La decisión se adaptó a los estudios que supuestamente confirman el dogma que “las personas criadas por parejas homosexuales tienen el mismo desarrollo psicológico que aquellas criadas por parejas heterosexuales”. En la práctica, se limitó la adopción a aquella población LGBT utilizada como fuente de información por el grueso de esa ciencia de bolsillo: parejas de lesbianas que incluyen la madre biológica del menor. Con tales muestras –pequeñas y convenientemente sesgadas- las conclusiones se extendieron a las demás minorías sexuales para el diploma de puericultura gratuito: aprobaron los exámenes sin haberlos presentado. Escogiendo selectivamente las muestras siempre es posible encontrar resultados favorables a una causa.

La Corte desdeñó una ideología que ignora las abismales diferencias entre homosexualidades masculina y femenina, un vacío imperdonable ante la evidencia acumulada durante varias décadas. Se podría hablar de dos nuevas especialidades, la maternología y la sexología de la mujer, lideradas por científicas darwinistas, feministas e independientes. Estos esfuerzos señalan que la maternidad es mucho más que una construcción cultural, que ser madre biológica no es algo deleznable, que la sexualidad femenina es diferente de la masculina, más ligada a la agresión, y que una pareja de mujeres tiene poco que ver con otra de hombres. Estas observaciones cuentan con copioso soporte empírico y tienen obvias repercusiones para la adopción.

La “ciencia LGBT” y el activismo silenciaron trabajos sobre riesgos de la adopción igualitaria y extendieron el principio de callar lo que estorba para desechar arbitrariamente conocimiento y evidencia de otras disciplinas que estudian las relaciones familiares. Alguna información sobre Colombia permite poner en duda el dogma que la calidad de la crianza no depende del tipo de familia. En la repartición de tareas domésticas, por ejemplo, el cuidado infantil es una responsabilidad que en el país recae desproporcionadamente sobre las mujeres. Toda la literatura sobre economía del cuidado y la división observada de los oficios por género se volvieron letra muerta: para los menores adoptados sería tan idóneo un hogar de dos enfermeras o profesoras que otro de dos militares o choferes de camión. Afirmar que en una sociedad tan machista da lo mismo la crianza con mujeres que con sólo hombres es un simple disparate. Parece darse por descontado que ser zángano o cuidadoso en el hogar depende de la orientación sexual.

Lo que sí se sabe es que menores y adolescentes malcriados y sin adecuada supervisión son fuente inagotable de problemas sociales, sobre todo donde pululan pandillas, microtráfico de droga y grupos armados. La realidad cultural y social no cambia mencionando un par de gays adorados con los niños, o series de TV sobre “familias modernas” de plácidos suburbios, tan foráneas como la “evidencia científica LGBT” y los hombres bien domesticados que aprecian las colombianas emigrantes, o dispuestas a seguirlos.

Desde siempre y en cualquier lugar, en los ataques más graves contra menores el agresor típico es hombre. Empezando por los etólogos, cualquiera sabe que el papel protector de la madre ante estos y otros peligros es fundamental. El desplazamiento en Colombia ilustra el crucial papel femenino en la seguridad infantil. Con justicia y sistema educativo deficientes, es apenas prudente autorizar, como hace la Corte, que un menor viva con su madre y una madrastra pero no con dos padrastros. Un análisis de las estadísticas forenses en Canadá mostró que los padres no biológicos son los principales victimarios de infantes, una hipótesis elemental darwinista y un tópico de la literatura infantil. Una sociedad que aprende espantada la extensión del maltrato y abuso infantiles, con impunidad rampante, no puede hacer caso omiso de esa realidad en aras de la jurisprudencia LGBT correcta. La protección de los menores es tan precaria en Colombia que todavía es común el incesto por iniciativa de padre, hermanos o tíos. Es delirantemente irresponsable el argumento que precisamente por eso se debe autorizar la adopción sin restricciones. Todo lo contrario: el riesgo de abuso es muchísimo mayor en la cohabitación de menores con hombres adultos sin vínculo sanguíneo. Padrastros, padres adoptivos, padrinos, profesores, patrones, entrenadores, instructores, monitores, comandantes, curas etc… sin estricta vigilancia institucional, ni mujeres de por medio, son un peligro latente: con cualquier borrachera surge la bestia que causa daño irreversible. Ese riesgo lo intuye y trata de evitar cualquier mamá, creyente, rezandera o atea.

La “sabiduría popular” es más sensata y realista que los intelectuales en sus torres de marfil. Entre los fundamentalistas progres parecería existir la creencia que la homosexualidad masculina conlleva cierta “feminización” de la agresión, algo que no concuerda con la escasa literatura sobre encarcelamiento de gays o violencia de pareja entre ellos. Sea cual sea la incidencia del abuso, una pareja gay representa un riesgo que por lo menos duplica el de una pareja hombre-mujer, no por su orientación sexual sino por agrupar dos hombres, con líbido más intensa, mayores chances de agredir, menor destreza protectora y sin una guardiana. Una pareja de lesbianas con la madre biológica es la opción más segura, con el eventual inconveniente de menores literalmente sobreprotegidos. La Corte fue sabia reconociendo que la adopción igualitaria se debe desmenuzar. Difícil calificar de discriminatorio el tratamiento diferencial para entes tan distintos como una pareja de lesbianas y otra de gays en tierra colombiana.

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