Por: Brigitte LG Baptiste

Adoptar verdades

El fundamento de las decisiones políticas proviene de una extraña mezcla de conocimiento experto, a veces incluso científico, instinto y sentido común. Ninguno de estos factores se puede sopesar de manera única y la relación entre ellos es más bien errática: la naturaleza compleja de los sistemas neuronales impide que operemos como computadores; al contrario, favorece cierta inconsistencia en la construcción de modelos de la realidad. De no ser por ello, careceríamos de creatividad, sensibilidad artística e inspiración. La subjetividad es el elemento indispensable de la adaptación en las sociedades humanas; por eso escoger o seguir a un líder, una ideología, una forma de comportamiento o adherir a un modelo institucional es un experimento radical de la evolución cultural que ponemos a prueba cada día.

Dado el crecimiento poblacional y la progresiva conectividad sensible de la humanidad, la elección de lo más sencillo se convierte en escenario de incertidumbre; lo reconoció hace rato Ulrich Beck. Incluso discutir la dieta familiar conlleva disertaciones acerca de la conveniencia de eliminar los lácteos, las carnes o los dulces y reemplazarlos por cosas verdes u horrorosas. La ciencia percibida que parece soportar la propuesta (muy distorsionada) se contradice con nuestra adicción a la “vitamina Ch” y los bizcochos. Pasa lo mismo con la minería, el petróleo, las transformaciones del territorio: decidimos combinando intereses, afectos y convicciones más o menos fundamentadas.

Esta semana en Medellín nos encontramos decenas de representantes de gobiernos del mundo con grupos de expertos en biodiversidad y servicios ecosistémicos (IPBES 6) con el fin de acordar una serie mínima de hechos sobre los cuales actuar. La evidencia de ciertas cosas que parecen obvias resulta contradictoria: ¿está el cambio climático realmente destruyendo los corales debido a la acidificación del océano? ¿Es la primera parte verdadera pero la segunda no? ¿Son todos los modos de vida de los pueblos indígenas sostenibles o sus virtudes ecológicas contemporáneas son un efecto tardío del genocidio? ¿Medir la huella ecológica de las cosas o apagar simbólicamente la luz sirve de algo?

Para casi todo hay más de una respuesta y siempre un “depende”. Por eso mismo se requiere un debate con reglas y protocolos precisos para poner sobre la mesa de manera transparente las certidumbres matizadas por las limitaciones del conocimiento, las intuiciones codificadas por los lenguajes, los intereses estructurados como estrategias. No hay otra forma: hay que adoptar verdades para operar formalmente sobre ellas. En los regímenes autoritarios o dogmáticos es fácil, el patrón dice cuáles son. En los demás, hay que adoptarlas como verdades políticas que, si bien requieren muchas salvaguardas, dan espacio a la planificación e intervención en la realidad.

Las interfaces científico-políticas en acción son instituciones de diálogo estructurado, con un gran potencial para abordar los grandes conflictos de la humanidad. Por supuesto, implican reglas del juego que hay que respetar o terminamos en silbatinas pitecantrópicas, como en Bucaramanga la semana pasada, en el intento de concertación de los límites del páramo de Santurbán. Qué pena.

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2018-03-21T22:00:55-05:00

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