Por: María Elvira Samper

Adorable Angelino

El vicepresidente Angelino Garzón volvió a disparar fuego amigo, esta vez contra Planeación Nacional, por la metodología que utiliza para medir la pobreza.

De nuevo actuó como una rueda suelta del engranaje del Gobierno, como un funcionario desleal con sus compañeros de equipo que ventila diferencias de cara a la galería y no de puertas para adentro, que sería lo políticamente correcto.

Al ‘vice’ esas consideraciones lo tienen sin cuidado y Juan Manuel Santos lo sabía cuando lo convirtió en su copiloto, pues como ministro de Hacienda de la administración Pastrana debió enfrentar cuestionamientos públicos del adorable Angelino, su colega de Trabajo, por el salario mínimo y la reforma pensional. Garzón no ha cambiado de estilo y desde el comienzo hizo saber que no sería convidado de piedra y que no renunciaría ni a su derecho a opinar, ni a sus ideas, ni a su pasado sindical. Así lo demostró cuando criticó el porcentaje del incremento del salario mínimo y pidió al presidente revisar la cifra; cuando cuestionó el Plan de Desarrollo porque, mediante un artículo con cara de “mico”, pretendía modificar la edad de jubilación, y cuando sirvió de mediador en el paro de camioneros por la eliminación de la tabla de fletes.

En estos casos la motivación fue la defensa de intereses de los sectores más vulnerables, y ganó en los tres: el Gobierno modificó el salario mínimo, suprimió el articulito de la jubilación y delegó la discusión de los fletes en una mesa de negociación. También fue mediador en la negociación salarial entre Cerrejón y Sintracarbón, y en el escándalo de la salud metió las narices y anticipó la intervención de las EPS implicadas en el desfalco; se enfrentó al ministro Vargas Lleras por la ley para sacar del limbo jurídico a 20.000 desmovilizados, y en días pasados respaldó las protestas de los trabajadores petroleros y exigió salarios justos y responsabilidad social de las empresas. Para él, todo eso hace parte de sus tareas como responsable de la política de derechos humanos.

El empresariado y sectores de la izquierda lo ven con reservas por contrarios motivos —unos porque juega de opositor, otros porque se entregó al establecimiento—, pero justo es reconocer que ha cumplido un papel importante para el Gobierno: sus condiciones de mediador y su talante conciliador han servido para tender puentes y limar asperezas con las organizaciones sindicales y de derechos humanos. No obstante, muchas actuaciones suyas despiden un desagradable tufillo de ‘populoportunismo’. Pragmático como es, aprovecha el cargo para ganar visibilidad y terreno —y de paso minar el de ministros y altos funcionarios—, pero sobre todo para fortalecer sus aspiraciones políticas. Tiene su fortín electoral y burocrático en el Valle y cuenta con el apoyo de la CGT y de Centro Independiente, un movimiento hecho a la medida de sus aspiraciones que pretende convertirse en partido para las elecciones de 2014.

El exceso de protagonismo de un funcionario sin funciones (la Constitución lo concibe eunuco) produce malestar entre sus colegas. No es cómodo ni seguro navegar en un barco con un francotirador en la proa. Garzón no se inmuta, dice que Santos nunca le ha pedido que se abstenga de opinar y que tiene como máxima una frase de Bolívar: “El buen amigo es el que le dice a uno la verdad”. ¿Hasta cuándo y cuántas verdades del adorable y buen amigo Angelino está dispuesto a oír el presidente Santos? El fin de la luna de miel, que se acerca en forma inevitable, podría ser el límite. Entonces, Santos no podrá darse el lujo de permitir que su copiloto siga disparando pa’dentro. Tendrá que buscarle un destino lejos de los platos rotos.

 

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