Adormecidos en medio de un naufragio

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Pandemia, recesión, huracán y tormenta social en ciernes, en un país sin gobierno, sin partidos, sin ideas y sin líderes.

El diagnóstico parece tremendista, pero las tres causas del naufragio no admiten ninguna duda. Primera: aunque a los medios ya no les interese, el COVID-19 sigue haciéndonos estragos e infortunadamente todo indica que todavía falta lo peor. Segunda: la caída del 9 % en el PIB es la más dura que ha tenido Colombia, incluso por encima de la Gran Depresión y de la crisis del UPAC en 1999. Tercera: es la primera vez en la historia conocida que un huracán categoría 5 llega a nuestro territorio.

Semejante deterioro en la vida cotidiana de la gente es el caldo de cultivo de una tormenta social sin precedentes. La tormenta no ha estallado, creo yo, porque la gente está ocupada lidiando con sus tragedias: es lo mismo que pasa en Venezuela y que a mi juicio ha impedido la caída de Maduro. Pues en Colombia ya empiezan a sentirse las protestas: los trapos rojos, la minga indígena, los muertos del 9 y 10 de septiembre, el “paro nacional” que se había diluido a raíz de la pandemia y que intentan revivir en estos días…

Así que estamos en una “calma chicha” que no podrá durar por mucho tiempo. Y aquí viene la otra parte del diagnóstico: el sistema político no ha sido ni es capaz de captar las presiones subyacentes y mucho menos de encontrarles salidas.

Para empezar, el presidente Duque, que estaba ahí por accidente, acabó refugiado en su zona de confort. Su gestión de este año se ha limitado a dos cosas: dirigir un programa de televisión que cada día tiene menos público y dar salida a sus instintos de derecha en cuanto a las relaciones internacionales, las decisiones judiciales que toquen a miembros de su partido o a exmiembros de las Farc, las marchas ciudadanas y las conductas abusivas de los cuerpos de seguridad. Es la propensión hacia la mano dura de un gobierno uribista que en su momento agravará los conflictos sociales.

De los ministros no me ocupo porque no sé sus nombres y porque basta con notar que el de Hacienda ha permitido destinar algo así como el 2 o 3 % del PIB a defender la economía, mientras que los países industrializados y vecinos de América Latina han destinado sumas en el orden del 5 o 10 %.

El gran líder político del siglo salió huyendo del Congreso y ahora relanza su fracasado referendo del año 2003. El único partido que quedaba, el Centro Democrático, no hace más que defender a sus jefes de acusaciones judiciales e insistir en banderas moralistas que nada tienen que ver con la crisis ni con la vida cotidiana de la gente (JEP, aborto, cadena perpetua para violadores de menores…).

Petro, presunto jefe de la oposición, llama a la “desobediencia civil” en medio de una pandemia y se enreda más y más en sus rencillas. El Polo se deshace y deja en la orfandad al movimiento popular en vísperas del estallido que se asoma. La U, que gobernó entre 2006 y 2018, se esfuma sin vergüenza, los “verdes” se dividen como siempre, los caciques regionales buscan el premio mayor y más de tres docenas de ilusos o mediocres “suenan” para suceder a Duque.

Eso sí: ni una sola idea clara sobre cómo aumentar la productividad y mejorar la calidad de vida de las mayorías de manera sostenible.

* Director de la revista digital “Razón Pública”.

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