Por: Ramiro Bejarano Guzmán
Notas de buhardilla

Advertidos para lo peor

No existe la menor posibilidad de que quienes hemos padecido la persecución uribista en todas sus manifestaciones pudiéramos pensar por un solo instante en votar por Iván Duque. Más que una incoherencia política e ideológica, ello sería un imperdonable extravío ético.

No creo que Duque pueda liderar un gobierno para todos los colombianos, menos que no se asome al espejo retrovisor de los innumerables odios de Uribe y el resto de la manada, por la sencilla razón de que si él se convirtiera en presidente quien gobernaría sería su patrón. Y ya se sabe de lo que es capaz una persona como el senador Uribe, quien luego de 16 años de intensa vida pública en el nivel nacional no ha hecho sino sembrar cizaña y dividir al país. Pero claro, hay gente para todo. Allá en la campaña de Duque ya están acomodados algunos liberales oportunistas y desvergonzados con otros demócratas de ocasión, todos listos a subirse a la tarima del poder así tengan que compartir tribuna con Alejandro Ordóñez, Andrés Pastrana, Marta Lucía Ramírez, José Obdulio, Fernando Londoño, Luis Alfredo Ramos, Pepe Lafaurie, Rafael Nieto, María Fernanda Cabal, más otras yerbas del pantano.

Que a Duque lo respalden el Consejo Gremial, la Iglesia católica y el decadente establecimiento con algunos excluyentes clubes sociales a la cabeza, que en su momento también apoyaron con furor a Laureano y a Rojas Pinilla, no lo absuelve anticipadamente del cuatrienio de terror que se avecina si es presidente mientras Uribe y su malvado séquito mandan. Menos garantiza que sería independiente de quien como Uribe le respira en la nuca, ni que respetaría los Acuerdos de la Habana o que el 8 de agosto no daría la orden de que se terminen abruptamente las negociaciones con el Eln.

Duque no podría conducir un gobierno autónomo e independiente de quien considera dueño de la aventura de haberlo convertido en mandatario de los colombianos sin merecerlo. A quienes ingenuamente todavía creen que Duque sería un mandatario con voz propia, les convendría recordar uno que otro episodio reciente que no todos hemos olvidado. En efecto, hace unos meses cuando la Corte Suprema le compulsó copias a Uribe para que fuera investigado por manipulación de testigos falsos, Duque desperdició la oportunidad de mostrarse independiente del patrón y respetuoso de la rama judicial. Preguntado sobre qué haría si siendo presidente se ordenara la detención de su jefe, Duque en vez de responder que la rama ejecutiva no depende ni interfiere en el ejecutivo y que acataría la decisión de los jueces, se lavó las manos afirmando que no se pronunciaría sobre hipótesis respecto de alguien tan pulquérrimo como el mandamás de su partido. Quedó claro que si a Duque le tocara enfrentar el trago amargo de ver a Uribe con enredos judiciales de marca mayor, él no estaría de lado de la ley sino de su amo, a quien de antemano exoneró.

Uribe desde ya se siente bastante experto tomando decisiones por su subalterno, pues en su cuenta Twitter aseguró que “Iván Duque respetuoso de la independencia de la justicia nunca intervendrá para que me favorezca”. Lo que debía prometer el candidato, lo anuncia Uribe. ¿Y qué prueba tenemos los colombianos de que Duque es respetuoso de los jueces? Ninguna. Que no nos vengan a decir que la aproximación de Duque con los presidentes de las Cortes que hemos visto la última semana garantiza que habrá magníficas relaciones con la rama judicial en un eventual gobierno suyo, pues esos encuentros, absolutamente insólitos, afectan la dignidad de la justicia y comprometen su autonomía e independencia. Sí, señor, nada justifica conversaciones entre un candidato presidencial, cualquiera que él sea, con los presidentes de las altas cortes, menos para acordar que una futura reforma judicial sería concertada entre gobierno y magistrados, dizque para acercar la justicia a la ciudadanía. Una reforma conciliada con las Cortes ya se sabe que se convierte en un festín de concesiones del Gobierno a unos jueces sedientos de poder. El politiquero presidente del Consejo de Estado, Germán Bula, debe de estar frotándose las manos.

En fin, no es solo una razón de supervivencia, sino de dignidad y decencia: No a Duque.

Adenda. Involucrar universidades en nombramiento de contralor terminaría politizándolas, como ocurrió con las altas cortes.

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