Por: Miguel Ángel Bastenier

Afganistán, ¿para qué?

La muerte de Niyireth Pineda, una soldado de España de origen colombiano, en la guerra de Afganistán, junto con el anuncio del presidente Obama de un calendario para poner fin a la sangría de vidas en 2014, permiten preguntarse Afganistán, ¿para qué? El atentado de las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001 se interpretó en Estados Unidos como una declaración de guerra de Al Qaeda.

Sólo unas semanas más tarde comenzaban los bombardeos norteamericanos sobre objetivos del régimen talibán, que se negaba a entregar a Osama bin Laden, abatido recientemente por un comando de Washington en su refugio paquistaní.

La resistencia talibán, que muchos observadores auguraban durísima, no aparecía, sin embargo, por ninguna parte y en noviembre de ese año ya había instalado un gobierno pro norteamericano en Afganistán, que presidía Hamid Karzai, elegido a dedo por la Casa Blanca. Si Estados Unidos no hubiera respondido a tamaña provocación, habría perdido lo que el gobernante español del siglo XVII, el conde-duque de Olivares, llamaba “reputación”, y con ella sus pretensiones de hegemonía mundial. El futuro, sin embargo, pintaba más complicado.

Los talibanes se habían metido bajo tierra para dejar que pasara la marea y hasta 2005 no se intensificó la respuesta de las bandas de irregulares afganos, con las que cooperaban, juntos pero no revueltos, los terroristas de Bin Laden. La fuerza expedicionaria se componía de 60.000 soldados norteamericanos en misión de combate, y 35.000 de países europeos que, en nombre de la OTAN,  estaban allí para contribuir a la reconstrucción del país. Entre ellos, cerca de 1.500 españoles, de los que algunos —como también en la fuerza de Estados Unidos— eran colombianos.

En la presidencia del segundo Bush —George W.— se fue afinando la COIN (guerra de contrainsurgencia), cuyo objetivo era la pacificación del territorio, para lo que era preciso contar con un ejército afgano, entonces virtualmente inexistente. Desde 2006 se intensificaba el adiestramiento de reclutas locales, la mayor parte analfabetos y sin palabra de inglés. El objetivo era formar 34.000 soldados al año y a fin de 2011 debía haber 134.000 efectivos, más 160.000 policías. El programa se ha ido cumpliendo sobre el papel, pero a mayo pasado no había más de uno o dos batallones —1.000 hombres— en condiciones de actuar sin apoyo occidental.

Con Barack Obama, que había prometido iniciar cuanto antes la retirada de Afganistán, se producía, sin embargo, en 2010 el despliegue de otros 35.000 hombres hasta llegar a los actuales 100.000, para tomar la iniciativa contrainsurgente sobre el terreno. Pero ¿comprenderá la retirada el desmantelamiento que tanto tesoro y sangre —1.500 soldados norteamericanos muertos a fin de mayo— ha costado?

Durante 2010 el contingente occidental mantuvo la estrategia de búsqueda y destrucción del enemigo, que implicaba la ocupación del territorio, de forma que el Ejército afgano pudiera establecer paulatinamente su propia administración en el país ya pacificado. Eso se intentó en la provincia de Kandahar, donde la resistencia animada por la etnia pashtun es más fuerte, y se repitió el fenómeno de comienzos del conflicto. Los talibanes se enterraron para que pasara la tormenta, y si hoy no han recuperado plenamente el control de la zona, Kabul tampoco puede hacerlo. Un precario equilibrio es a lo más que se ha llegado.

En los primeros meses de este año Estados Unidos ha vuelto a cambiar de táctica, considerando no sin voluntarismo que estaba ya próxima la victoria, para redoblar la lucha contra Al Qaeda, como al comienzo de la era Bush. Eso ha sido posible gracias a la esperanza generada por el comienzo de conversaciones con dirigentes talibanes moderados, y a cargar el peso del combate sobre los ‘drones’, aviones no tripulados que bombardean las zonas fronterizas con Pakistán, donde tienen sus bases los terroristas, protegidos por jefes talibanes más radicales como Gulbudin Hekmatyar. Y si el planteamiento de Washington es correcto, lo que resulta imposible de juzgar desde Madrid o Bogotá, sería esencial la cooperación de Pakistán en la identificación de los escondrijos terroristas, lo que es sumamente dudoso porque el gobierno de Islamabad y especialmente sus servicios secretos (ISI) no pueden desear la derrota de los talibanes, porque son el vehículo de la influencia paquistaní sobre Afganistán, e igualmente opuestos a la penetración de India.

Nadie cree que la retirada pueda ser total. Miles de soldados tendrán que permanecer como instructores y para proteger algunas bases. Y si no hay acuerdo de paz de aquí a 2014, lo que sería milagroso, alguien tendrá que sufragar la guerra cuando el peso de la lucha recaiga sobre los afganos, y sólo puede ser Washington. Los que sí, en cambio, van a retirar hasta el último hombre son los españoles —y el resto de los europeos—, lo que al menos garantizará que no mueran otros colombianos en un país del que seguramente nada sabían, ni cuenta para nada en el imaginario nacional. Todo por un puñado de dólares.

 

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