Afro-zoom

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A lo largo del pasado 21 de mayo, Día de la Afrocolombianidad, hubo un boom de zoom. Tomará semanas analizar las grabaciones que quedaron de los foros con expertos y activistas internacionales, quienes en diálogo con los de aquí —por una parte— aclamaron los aportes de la gente negra a las artes y pensamientos nacionales y mundiales, y —por otra parte— explicitaron cómo el racismo que persiste en ensañarse contra los pueblos étnicos del país magnifica las afujías excepcionales por el Covid-19 y el consecuente aislamiento.

He albergado dudas sobre esa fiesta. Maravilloso que conmemore el final de la esclavización, pero me molesta que la Ley 2 de 1851 hubiera indemnizado a los amos beneficiarios de la mano de obra cautiva, pero no le hubiera ofrecido incentivos económicos a quienes —ya libres— tenían que comenzar nuevas vidas desde cero. Recuerdo la vehemencia con la cual el difunto activista negro Abigail Serna (Chonto) sostenía que lo que merecía evocarse eran las luchas cimarronas. Con esa remembranza en mente, pensé en el 24 de febrero de 1694 cuando arcabucearon y decapitaron a Domingo Angola, adalid del palenque de San Miguel Arcángel. Haber puesto su cabeza en una pértiga para exhibirla y causar terror no fue una derrota cimarrona, sino la de un gobierno colonial incompetente para sopesar la relevancia de un líder que se la había jugado por un acuerdo de paz consistente en dejar las armas y el reclutamiento de otros insumisos, a cambio de la autonomía para los palenques de los Montes de María.

No obstante, esa fiesta sí depende de un logro del movimiento social de la gente negra. Fue instituida gracias a la Ley 70 de 1993, la gran esperanza de hacer visibles las contribuciones de los pueblos de ascendencia africana a la médula económica de la colonia, así como a la consolidación nacional, y mediante ese reconocimiento, cimentar los derechos étnico-territoriales y políticos que habían sido negados a lo largo de una historia signada por el racismo y la consecuente exclusión social. Pese a que ese estatuto equivalía a una revolución social, la respuesta de nuestra economía de extractivismo capitalista ha consistido en treinta años de desposesión territorial, ya sea por destierro o confinamiento, criminalización de la resistencia y de la búsqueda de autonomía, destrucción de los paisajes ancestrales y de las fuentes de sustento, así como de la militarización de la vida cotidiana. Crecen los episodios de reclusión y desplazamiento forzados en casi todas las Afrocolombias. Sin embargo, sobresalen los que durante esta pandemia tienen lugar en el Alto Baudó (Chocó), Magüí y Roberto Payán (Nariño), Argelia y El Tambo (Cauca), y casi la totalidad del Norte del Cauca. De ahí que Quibdó, Cartagena, Buenaventura, Cali, Bogotá y Medellín sigan arreglándoselas para acoger a esas víctimas, quienes han subsistido vendiendo por las calles frutas, chicles y colombinas, peluqueando y haciendo trencitas, metiéndose en la rusa, o aseando casas y cuidando niños y niñas. En fin, desempeñando oficios informales que la cuarentena tiene paralizados, con efectos socioeconómicos jamás vistos. Por si fuera poco, los medios independientes nos muestran cómo al porvenir de estas personas lo ensombrece un gobierno que las abofetea negando las historias de los genocidios padecidos, nombrando ya sea al hijo de un genocida como coordinador de víctimas del Ministerio del Interior, o contratistas que vociferan su racismo; ofreciendo pocas muestras de ponerle coto al asesinato de líderes sociales; despreciando la sustitución voluntaria de cultivos de uso ilícito, y paralizando los programas de reforma rural integral.

Con estos pensamientos en mente, dentro del programa externadista de antropología, para le 29 de mayo a las 2 de la tarde, hemos programado una jornada de análisis con líderes muy representativos de ambos litorales y del norte del Cauca. Aspiramos a que nos dejen saber cómo es taparse la cara y encerrarse en pueblos tórridos, húmedos, hacinados con poca agua potable, centros de salud desmantelados y personal médico informalizado mediante la subcontratación, y con honorarios que embolata la burocracia. También, que nos hablen de los riesgos que hoy corre la agenda étnico-política por la cual concejos comunitarios y organizaciones de base vienen luchado desde la primera vez que un 21 de mayo fue celebrado como día de la Afrocolombianidad.

Oprimiendo aquí pueden inscribirse.

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