Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

Agenda del odio

“En un mundo que en su mayoría ha tratado a los migrantes de manera miserable, Colombia desempeña un papel heroico (…) ha recibido alrededor de dos millones de venezolanos, a menudo permitiéndoles trabajar, asistir a la escuela y recibir atención médica gratuita. Los colombianos de a pie dan comida a los venezolanos hambrientos en la calle. El mundo tiene mucho que aprender de los colombianos de buen corazón”, escribió el premio Pulitzer Nicholas Kristof en The New York Times (10/04/2019).

Alejandro Ordóñez, embajador de Colombia en la OEA, afirmó en ese espacio diplomático: “La migración y las alianzas transcontinentales son parte de la estrategia para completar ese propósito ('irradiar en la región el socialismo del siglo XXI')”.

Es comprensible que José Miguel Vivanco, director de Human Rights Watch, haya llamado la atención sobre los hechos, lo que no se entiende es la “sorpresa” en Colombia…

Ordóñez es el mismo que desde la Procuraduría le mintió al país sobre los derechos reproductivos de las mujeres y dio cátedra de homofobia durante la campaña por el No en el plebiscito. Todo, en nombre de su dios.

Lo peor es que no está solo en su cruzada populista de plantear la realidad como una permanente dicotomía, despojada de matices…

John Milton Rodríguez, senador de Colombia Justa Libres dijo en la votación a las objeciones de la JEP: “No nos dejemos centrar en la polarización”; por su parte, la diputada Ángela Hernández, convoca para hoy una marcha antiaborto argumentando que “no se debe polarizar utilizando a las mujeres y a los niños”. (En el video promocional carga un bebé, ratificando la tradición politiquera de instrumentalizar a menores de edad).

La aclaración del canciller Carlos Holmes Trujillo parece desconocer los alcances de Ordóñez (quien no ha recibido sanción ni ha rectificado al cierre de esta columna). ¿Cuál es el mensaje que le envió Iván Duque a Latinoamérica al abrir el Capitolio a la Tercera Cumbre Transatlántica (¡esa sí es una “alianza transcontinental”!)? ¿Cómo entender el uso electoral de la situación venezolana (“nos vamos a volver como Venezuela”) para después permitir que una voz oficial convierta a los migrantes venezolanos en foco de sospecha? ¿Avalar, nacional e internacionalmente, agendas de odio?

Hace unos meses me senté a la mesa de una mujer alemana, profesora, divorciada, madre de dos adolescentes, con quienes reside en Renania del Norte-Westfalia. De un día para otro, por decisión de Angela Merkel, la escuela de sus hijos recibió una ola de niños sirios, huérfanos, hambrientos, llenos de miedo, que no hablan el idioma local ni comparten la misma religión. Miles de sirios en las calles, los supermercados, los hospitales...

¿Qué han hecho ustedes?, le pregunté. “Donde comen dos, comen tres, Ana”. Me pasó la canasta de pan y continuamos hablando de su pequeño cultivo de orquídeas. No se extendió en aleccionamientos. Nadie lo sabe mejor que los alemanes: no todas las ideas son respetables como tampoco es “buen líder” a quien aplauden las “mayorías”.

 

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