Por: Marcos Peckel

Agitando el polvorín

La reciente decisión de Narendra Modi, primer ministro de India, de eliminar el estatus especial del que gozaba el estado norteño de Jammu-Cachemira, no es sorpresiva. Fue una de sus promesas de campaña. Con ello sacude el tablero geopolítico de una región no especialmente caracterizada por su estabilidad. Adicionalmente, Cachemira fue despojada de su estatus de “estado”, para ser gobernada directamente desde Delhi.

La cuestión de Cachemira se remonta a 1947, cuando el Parlamento británico (lo leyó bien) decretó la partición del subcontinente indio en dos Estados con base en la composición religiosa: India para los hindúes y Pakistán para los musulmanes, lo que constituyó la mayor catástrofe legada por el Imperio británico. Pakistán quedaba en dos territorios discontinuos separados por dos mil kilómetros y en 1971, tras una cruenta guerra civil, perdió la parte oriental, que renació con el nombre de Bangladés.

Se esperaba que Cachemira, región de mayoría musulmana que contaba con un estatus especial en la época británica, se adhiriera a Pakistán por su mayoría musulmana. Pero, el rajá —príncipe gobernante—, días después de la independencia de ambos Estados, prefirió hacerlo con la India, lo que pronto degeneró en la primera guerra indo-paquistaní por la pintoresca región. Un tercio de Cachemira quedó en poder de Pakistán, el resto en la India, separados por lo que se conoce como la Línea de Control.

Desde entonces Cachemira ha navegado entre períodos de calma chicha y de turbulencia interna y externa. La mayoría musulmana del valle de Cachemira no está conforme en India, pero tampoco desea ser parte de Pakistán a pesar de la afinidad religiosa. Actualmente luchan por su independencia. A comienzos de los años 90, Pakistán infiltró miles de yihadistas para subvertir el orden en Cachemira. Una organización terrorista, Lashkar-e-Taiba, apoyada y armada por Pakistán, ha realizado espectaculares atentados en el corazón de la India.

Modi encabeza un gobierno del partido BJP, nacionalista hindú, cada vez más radicalizado, cuyos militantes son hostiles a la minoría musulmana de la India, 150 millones, enemigos de Pakistán e incluso del secularismo democrático de los fundadores del país, Gandhi y Nehru. Para el BJP, Cachemira es bocado de cardenal, pues formaliza el dominio hindú sobre el país todo y pone a las minorías en su sitio. La decisión de Modi tuvo amplio apoyo popular en la India.

El timing de rescindir la autonomía de Cachemira, ya deteriorada tras años de militarizaciones recurrentes y protestas reprimidas, está fríamente calculado. Pakistán, con su economía arrasada, tiene poco margen de maniobra y acudir al terrorismo implicaría asilamiento internacional, y Modi le deja claro a Trump, quien recientemente musitó su deseo de mediar en el conflicto, que sus “buenos oficios” no son bienvenidos. India bajo Modi se siente fuerte, empoderada y poderosa.

Entretanto, poco se sabe de lo que ocurre en Cachemira, objeto de un bloqueo total de sus comunicaciones hacia el exterior. La historia no ha terminado.

875940

2019-08-13T21:00:06-05:00

column

2019-08-13T21:15:02-05:00

[email protected]

none

Agitando el polvorín

21

3232

3253

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Marcos Peckel

El lánguido final del Foro

25 años tras la justicia

Trump y el rompimiento de viejos paradigmas

Sanciones

Noruega: unas de cal y otras de arena