Por: Arlene B. Tickner

Agitando la bandera

Existe una correlación positiva entre los problemas de alto perfil en política exterior, como la guerra o la afectación de la soberanía, y los índices de popularidad de los gobernantes, que en inglés se denomina rally round the flag.

Ésta se observa en casos tan disímiles como los ataques terroristas del 11-S, que provocaron un salto de 35 puntos en la favorabilidad de George W. Bush, y la decisión del régimen militar de Argentina de declararle la guerra a Inglaterra por las Malvinas, que aumentó temporalmente su legitimidad. Ambos ilustran que el aumento del patriotismo provocado por la existencia de una “amenaza” o un “enemigo” externo, así como la ausencia de crítica entre la oposición y los medios, lleva a los ciudadanos a cerrar filas en torno a sus líderes.

El decreto 1787, mediante el cual el gobierno de Nicolás Maduro estableció como Zodimain unas áreas limítrofes aún en disputa con Guyana, Colombia, Guayana Francesa y Surinam, y sobre las cuales el Estado ejercerá presencia militar, podría interpretarse como una jugada estratégica que busca precisamente “agitar la bandera”. ¿Qué mejor que un problema limítrofe vinculado al petróleo y el golfo?

Además de la crisis interna que vive Venezuela, los cuestionamientos mundiales sobre la represión y la violación de los derechos humanos van in crescendo. Un grupo de 27 expresidentes de América Latina y España han firmado dos declaraciones que instan a Maduro a crear un clima de diálogo y respeto por las libertades y derechos fundamentales. Después del reciente intento del exmandatario español Felipe González de visitar a los líderes opositores Leopoldo López, Antonio Ledezma y Daniel Ceballos, la hostilidad sufrida por una misión similar de senadores brasileños fue calificada como “inaceptable” por el gobierno de Dilma Rousseff y censurada por el Senado. La cuestión de los presos políticos también tensionó la reciente cumbre entre la Unión Europea y Celac. Aunque la declaración final omitió cualquier alusión a Venezuela, la crítica ya se ha materializado en varias resoluciones del Parlamento Europeo. A su vez, el nobel sudafricano Desmond Tutu escribió hace poco en El País que la situación de derechos humanos era preocupante.

Entre la inestabilidad política y económica, el creciente ostracismo internacional, las divisiones que se observan en el interior del chavismo y la confirmación de elecciones parlamentarias para el 6 de diciembre, la creación de una controversia externa que convoque a la “nación” y apacigüe la crítica constituye una de las pocas alternativas existentes. El beneplácito con el que esta jugada ha sido recibida por las Fuerzas Armadas, la oposición y la prensa es testimonio de su efectividad. Hace bien la Cancillería colombiana en llamar al diálogo sensato y evitar un escalamiento de tensiones.

Esta columna dejará de escribirse durante las próximas tres semanas.

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