Por: Columnista invitado EE

Las agonías de la crítica

Un jurado compuesto, entre otros, por Jorge Orlando Melo, Heriberto Fiorillo y Ricardo Silva le concedió el Premio Simón Bolívar de Periodismo, en la modalidad crítica, a Julio César Londoño, por un artículo sobre la obra literaria de Álvaro Mutis.

Quien lee el texto del novelista de Palmira se pregunta, con toda razón: ¿esta sarta de tópicos merece el laurel? ¿Las agonías del estilo es, en realidad, una seria diatriba al trabajo narrativo del exconvicto de Lecumberri? Aventuro una respuesta: no. ¿El porqué? Bueno, hay varios. El principal: nadie considera a Mutis un genio. Londoño no es el primero en cuestionarlo ni el mejor en hacerlo. Hay un error del tamaño del elefante de Samper en el razonamiento de Melo y compañía.

Sin sonrojarse, dice Londoño: “Quizá el problema estribó en que escribía muy bien. Quiero decir que su prosa tenía mucho relieve, y la narrativa es un asunto de prosas planas, como las de Balzac, Carver o Vargas Llosa”. Afirmaciones de este tipo, tan enérgicas y rotundas, casi siempre no dan en el blanco por el motivo más sencillo del mundo: ignoran de plano los mil ejemplos que la desmienten. Además, ¿prosa de relieve?, ¿plana? En la primera, para emplear una frase de Londoño, la presencia del autor distrae al lector. ¿En serio? ¿Sucede eso en las novelas de Stephen Zweig, en las de Marguerite Yourcernar, en las de Cabrera Infante, en las de Orhan Pamuk o en las de Cormac McCarthy? ¿No fueron soberbios estilistas Saramago, Umbral, Carpentier y Faulkner? ¿No percibe el lector la voz de Richard Yates, de John Cheever, de Javier Marías? Por supuesto, la economía del lenguaje ha dado libros memorables —pienso en El coronel no tiene quien le escriba, Los parientes de Ester y Primero estaba el mar, para hablar de ficciones colombianas—, lo cual, desde luego, no la convierte en el único camino. A casi nadie le gustan las novelas de Mutis no porque escribiera muy bien. Por ahí no van los tiros. Pensar semejante cosa merece el premio a la boutade del año.

En el análisis de la lírica no le va mejor a Londoño. Escribe: “Los que saben, dicen que en realidad era poeta; que con él, la naturaleza deja de ser escenografía y pasa al primer plano con peso y carácter específicos. Es verdad. Aunque por la misma época (los años cuarenta) Neruda y Aurelio Arturo estaban haciendo lo mismo, Mutis tiene el mérito de que era mucho más joven”. ¿No es risible la fórmula de inicio: “Los que saben”? ¿Por qué no los nombra? ¿Acaso no se trata del viejo truco de zanjar el debate apelando a la infalibilidad de un tercero? La naturaleza, por otra parte, deja de ser decorado en los poemas de Harry Martinson, publicados en los años treinta. Y, con seguridad, en los de alguien anterior. La originalidad no existe, nada nuevo hay bajo el sol.

Lo dicho no reviste importancia. La pluralidad de opiniones es necesaria y en las cuestiones del arte, como en las del resto de la vida, la sabiduría popular acierta: al que le gusta le sabe. Por ejemplo, en una entrevista incluida en un libro de Orlando Mejía, Julio César Londoño llama a William Ospina el ápice de la crítica en Colombia. ¿Superiores los ensayos del tolimense a los de Sanín Cano, a los de Hernando Téllez o a los de Hernando Valencia Goelkel? Tales disparates me hacen respaldar al vallecaucano cuando confiesa en la citada interviú: “Yo creo que poseo más ego que talento”.

Que se le otorgue un premio a una columna como la de Londoño da idea de la pobreza de nuestra crítica.

 

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