Por: Rafael Orduz

Agridulces elecciones

LO QUE PASÓ CON LA REGISTRADURÍA Nacional del Estado Civil el día de las elecciones es un desastre.

No es posible que, con el avance de las tecnologías de la información y las comunicaciones en el país en los últimos años, el portal web de la entidad rectora del proceso electoral estuviese caído buena parte del tiempo. Que el flujo de la información hubiese sido desordenado y contradictorio, de una lentitud desesperante para la ciudadanía y los partidos políticos, y que la contabilidad del duelo Sanín-Arias, un asunto de sumas simples, requiera varios días para resolverse.

La gestión de la información incluye varios eslabones: producirla, transmitirla, generar interactividad con las bases de datos, presentarla. En el caso de las elecciones, en Colombia nos las dábamos por la rapidez con que la Registraduría articulaba en el pasado tales etapas. Los noticieros nacionales estaban antier, cual CNN en las elecciones gringas, dotados de la mejor tecnología “touchscreen” para presentar de forma novedosa y ágil una información que no llegaba oportunamente. Era como contar con un Ferrari para meterlo en una trocha llena de huecos.

Lo ocurrido es insólito en un país que ya tiene más de veinte millones de internautas, más de tres millones de suscriptores y una infraestructura de redes que supera en varios múltiplos la capacidad de hace cuatro, ocho y doce años. El tráfico de información no fue sustancialmente mayor como para justificar los “apagones informáticos” del domingo. La Registraduría debe dar explicaciones al país. La tecnología sirve para otorgar mayor transparencia a los procesos electorales y no al contrario, dándoles pie a las suspicacias, que ya son explícitas en las toldas azules. ¿Quién realiza la interventoría del convenio interadministrativo que la Registraduría tiene con un operador público de telecomunicaciones?

Otro cuento aparte es el de la complejidad de los tarjetones, que ameritaba un diplomado de capacitación para el votante. A medianoche del domingo había ya más de un millón de votos nulos, cifra cercana al diez por ciento y, aparentemente, en alza. El debate electoral entre ciudadanos, en vez de concentrarse en lo que los candidatos y partidos proponían alrededor de los temas cruciales como el empleo, por ejemplo, se limitó a saber, si acaso, que fulanito iba en el puesto treinta y pico de la lista equis y así sucesivamente.

Finalmente, entre varias novedades, lástima por la soberbia de Fajardo y bien por la inteligencia de los tres tenores. La arrogancia de Fajardo de no unírseles (ya llevaba kilometraje andado, pensaba, y no iba a igualarse por lo bajo) culminó en golpear su propia plataforma presidencial, amén de quemar a valiosos elementos como Luis Eladio Pérez, de hecho un buen senador antes de su secuestro. Una alianza con los Verdes, con cuatro curules y muy poco dinero, habría quizá permitido superar al PIN, una de las sórdidas sorpresas electorales. Bien por Antanas, Peñalosa y Lucho, bien por sus congresistas encabezados por Gilma Jiménez y por su campaña limpia y austera. Bien por Liliana Caballero, arquitecta de la unión entre los tenores.

 

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