Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Agua, Estado y San Andrés

Se mueven y acumulan las nubes en el cielo de San Andrés. De acuerdo con el Centro de Investigaciones Oceanográficas e Hidrográficas, una onda tropical transitó en pasados días el centro sur del mar Caribe y acercó vientos y fuertes marejadas a orillas de la isla. Aguaceros largos en las madrugadas provocaron inundaciones que, en la ciudad capital de San Andrés, estropearon las viviendas de sectores de menores ingresos e interrumpieron el transporte y las jornadas de colegio. Aunque estas inundaciones no son nuevas, tampoco lo son las sequías frecuentes en que las nubes son esquivas y se añora la lluvia.

Se mueven y acomodan las personas en el suelo de San Andrés. Durante la reciente visita del vicepresidente Óscar Naranjo, se reafirmó el compromiso que el Gobierno hizo con las autoridades isleñas para solucionar la llamada “crisis de sobrepoblación”. “Nadie en el Gobierno Nacional niega que acá hay un problema serio”, dijo el vicepresidente. La historia de San Andrés arroja luces sobre las migraciones. El trabajo del profesor James Roots nos habla de distintas partidas y llegadas. Primero vinieron los ingleses en el siglo XVII, en búsqueda de tierras para agricultura. Al tiempo se asentaron contrabandistas europeos en búsqueda de barcos españoles a los cuales asaltar. Dueños de plantaciones en Estados Unidos intentaron así mismo llegar a la isla con grupos de africanos esclavizados. En la medida en que los cultivos no funcionaron, los hacendados partieron y los que se quedaron afianzaron algunas actividades de subsistencia y contrabando.

Pescadores y campesinos jamaiquinos viajaron y se quedaron durante el siglo XVIII. Y en el XIX confluyó la abolición de la esclavitud con la llegada de misioneros protestantes. Cuenta el profesor Ross que la identidad singular de la isla fue afianzándose hasta la primera mitad del siglo XX, cuando el Estado de Colombia intentó, a través de instrumentos educativos y tributarios, arrebatarle a la isla sus características propias y promovió el español, las misas, los curas, los negocios (y la gente) del país continental. Desde entonces migraciones de negociantes con modo transformaron las tierras de la isla. Una parte, que está en el norte y el centro, se pobló con los grupos que llegaban. En el sur, al tiempo, fueron apilándose las distintas capas de los antiguos habitantes. Estas poblaciones, aunque heterogéneas, guardan vínculos fuertes con la diáspora afrocaribe y hoy se reivindican como raizales.

Además de nubes y personas, se mueve el agua. La investigadora Leslie Ford nos narra, por ejemplo, cómo el agua dulce, de beber, se transporta desde el sur —en donde están ubicados los pozos de los que se extrae— hasta el norte. El agua va para el norte pues ahí están el comercio, los hoteles y los turistas que se triplican diariamente. Ford explica que, luego de la creación del puerto libre en los 50, los migrantes de dentro y fuera de Colombia que se asentaron en este norte de San Andrés cambiaron no sólo la vida de la zona, sino también las direcciones en que fluye el agua potable. Así, aunque tengan los pozos cerquita, las comunidades raizales no los disfrutan.

Además del mentado plan gubernamental para limitar la llegada de nuevos habitantes, en la actualidad se construye una planta desalinizadora para aumentar el suministro de agua en San Andrés. Sin embargo, si no se discuten las asimétricas distribuciones de fondo (se acumulan inundaciones en el sur y plata y beneficios en el norte) todo seguirá en su sitio. Más o menos densa, con más o menos agua potable, la isla seguirá siendo muy injusta.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Tatiana Acevedo Guerrero

El testimonio del zancudo

Otra vez Hidroituango

Sin piloto

Guajira azul

La consulta previa