Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Aguas de Colombia

Suele pensarse que el agua es una sola. Un flujo transparente y pesado que, dulce o salado, duro o líquido, frío o caliente, sucio o limpio, es un único y universal compuesto de oxígeno e hidrógeno. Así, nuestra relación con el preciado recurso sería siempre idéntica y en principio nos limitamos a hacerla correr, a calentarla, refrigerarla, tomarla y contaminarla.

Sin embargo, en países como el nuestro, de inequidades regionales y diferencias pronunciadas de clase, diferentes poblaciones tienen distintísimas experiencias con aguas (que no son las mismas). En ciudades como Bogotá o Medellín, discursos y propagandas invitan a la ciudadanía a disfrutar del derecho a un mínimo vital. El agua llega, abundante, por la llave y puede ser bebida de inmediato: grupos de personas, que no vemos, la extraen de alguna fuente, que no conocemos, y la tratan con químicos invisibles que la hacen potable.

Comunidades en barrios informales, dentro de las mismas ciudades, no reciben agua de ninguna llave. Sus rutinas incluyen la compra y consecución de un agua distinta (sin cloro ni fluoruro) y la disputa política por la conexión a los servicios públicos. Para comunidades en departamentos como La Guajira o Chocó, el agua no viene del tubo, sino del río. El Resguardo Provincial del pueblo wayúu, por ejemplo, usa el agua del río Ranchería para lavar, bañarse y cocinar, pero compra otra agua tratada y traída en carrotanques para beber.

Se consumen en municipios y veredas colombianos aguas diversas que saben y huelen distinto, y nunca son “naturales”. Abundantes o escasas, potables —y tratadas con cloro— o contaminadas con pesticidas, mierda o basura. Aguas que producen sosiego, asco o desconfianza, que entrañan luchas políticas de inclusión, resentimientos, indiferencia o tranquilidad citadinas.

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