Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Aguas turbulentas

Venezuela entra a un período de sobresaltos cuyo fin no parece cercano. Como suele suceder en muchas disciplinas, es posible enunciar el problema con relativa facilidad, pero en cambio la solución (si la hubiere) puede llegar a ser lo complicada que uno quiera.

 El problema: una elección que encuentra a un país dividido casi exactamente en dos mitades y con unas autoridades electorales alineadas sin muchos reatos con el partido de gobierno. ¿De dónde sale? De al menos cuatro fuentes. Primero, la hipertrofia del ejecutivo a costa de los otros poderes públicos, cuya consecuencia simple es que no hay árbitro al cual ambos contendientes quieran acudir para dirimir la situación. Segundo, el rechazo apenas velado del chavismo a la alternación en el poder. Es verdad que Maduro dijo un par de veces que si perdía, entregaría. Pero han dicho en todos los tonos desde el oficialismo —comenzando por la fuente de toda autoridad, el comandante recién fallecido— que su proceso “es irreversible”. Hacer elecciones en esencia abiertas y competitivas, pero a la vez criminalizar la alternación, es coquetear con la catástrofe. El contraste con otros gobiernos de izquierda en América Latina —Chile, Brasil, Uruguay, El Salvador— es notable. Allá los grandes partidos pierden, ganan o empatan, sin que eso signifique el fin del mundo.

La tercera causa de los problemas es la gran polarización política que vive Venezuela. Que esto no se haya traducido en el asesinato continuo de opositores y líderes sociales —un fenómeno aún vigente aquí— habla muy bien de Venezuela y muy mal de Colombia. Sin embargo, en política —y me imagino que en otros dominios de la vida— el lenguaje agresivo tiene sus consecuencias: quizás sólo marginalmente homicidas, pero en todo caso graves. Por ejemplo, rompen puentes de comunicación entre los liderazgos políticos, y así destruyen un mecanismo vital para navegar en medio de las crisis. En cuarto y último lugar: la pura y simple contingencia. Chávez fue una figura pública dotada de un extraordinario carisma, aparte de ser un estratega de primera que sobrevivió a todas sus tormentas. Si la ruleta no lo hubiera señalado con el frío dedo de la muerte, la situación sería muy distinta. Maduro heredó de su jefe el gesto crispado, pero no necesariamente sus capacidades.

Para Colombia, la estabilidad en Venezuela es un bien estratégico. Hizo bien el gobierno en reconocer a Maduro, y estoy seguro de que los dirigentes de la oposición venezolana pueden entender el gesto. Se necesitaría ser un Uribe o un Pachito Santos (es decir, estar alimentado por alguna combinación de altas dosis de mala fe, irreflexión y banalidad) para desconocerlo. De hecho, el vecindario se ha movilizado en busca de impedir una desestabilización en Venezuela, cuyas consecuencias serían incalculables. Este factor (el activismo internacional temprano) ha jugado un importante papel positivo en otros contextos.

En contraste, los Estados Unidos parecen empeñados en debilitar su posición en América Latina. El señor Kerry ha dado a entender que está escandalizado con lo que ocurre en Venezuela. Está bien: no se trata en efecto de un evento edificante. Pero es que los Estados Unidos no pueden pontificar en este terreno. Son un alumno (uno que se raja), no un profesor. De hecho, Kerry pertenece a un partido, el demócrata, al que le hicieron un tongo decisivo en Miami en el año 2000, cuando el candidato era Gore. Más aun, incluso de acuerdo con el conteo oficial en 2000 Gore ganó en votos (y perdió en el colegio electoral). Pero nada de esto fue procesado por el muy imperfecto sistema electoral norteamericano. En lugar de echar gasolina al fuego, el señor Kerry debería exhibir un poco de prudencia y tratar de aprender. Tienen en efecto, él y su gobierno, mucho que aprender.

 

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