Sombrero de mago

Agudización del despojo

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La pandemia, además de muertos, contagiados y otros apestados, va evidenciando las enormes diferencias sociales. Se abren y profundizan las brechas preexistentes. Los pobres, cada vez más misérrimos bajo la tutela macabra del mercado, de las privatizaciones, desde luego de la enorme corrupción oficial y de la otra, son la cara más triste y dramática de la emergencia.

Las lesiones y heridas a los derechos a tener alacenas con suficientes alimentos, al agua potable, a la energía eléctrica, a espacios que trasciendan la dimensión del calabozo, han sido considerables. La planeación urbana, la distribución equitativa de las riquezas, la irradiación de las posibilidades para acceder a la cultura y otros requerimientos que, juntos y ordenados como debe ser, forjan las características de lo que se llama la dignidad, cada vez están más lejos.

El panorama, al contrario, es el de una desolación dolorosa. Los más afectados, los de más desazones y carencias, han sido los que, antes de la pandemia, ya estaban sometidos al despojo. Los tugurizados, más tugurizados. Los sin techo, más destechados. Los desempleados, con menos esperanza de tener una “chanfaina”. La brecha se anchó.

La pandemia, en distintas dimensiones, agudizó las miserias de los sectores más desamparados. Y en países como Colombia, de oprobiosas inequidades, ha azotado los magros estados de economía (que es la de la sobrevivencia, la informalidad, el rebusque) de los que Buñuel pudiera llamar los olvidados. Un reciente reportaje de The New York Times sobre el fin de la esperanza para los pobres de Colombia, muestra la tragedia de los que, con la presencia del coronavirus, se han hundido en las profundidades de un infierno de hambre y otros flagelos.

Dos reporteras y un fotógrafo se embarcaron en un viaje por distintas partes del país, como Bogotá, Medellín, Cúcuta y Bucaramanga, y ofrecieron una radiografía de las desventuras que padecen los pobres, en una nación en la que una exigua minoría lo domina todo y en la que el gobierno ha afinado sus predilecciones por banqueros y otros potentados, y, con demagogia a bordo (cuando no con represión), ha pulverizado las aspiraciones de los que nada tienen.

El informe periodístico da cuenta de cómo los entrevistados, gente muy pobre y que, antes de la emergencia tenía alguna esperanza de flotar aun en medio de las dificultades, se hundieron en las arenas movedizas de la miseria. “A medida que avanzábamos, al dejar los rascacielos de Bogotá flanqueados por montañas rumbo a las regiones tropicales, quedó claro que los motores del ascenso social fallaban, ahogados por un cierre económico que comenzó en marzo y que fue más duro para los trabajadores pobres y los integrantes más vulnerables de la clase media”.

La nota va dando cuenta de las pequeñas empresas que cerraron, del colapso de los trabajadores del campo, de la ruina de los agricultores, de personas que fueron perdiendo el empleo, de aquellas que en un acto de desesperación porque el hambre no da espera se prostituyeron. También dice que los más ricos se retiraron a sus fincas de recreo, al tiempo que los desposeídos tenían que vender sus celulares “para comprar la cena”.

La pandemia amplió la distancia entre pobres y ricos. Ha ido empelotando las ingentes diferenciaciones entre los que habitan en sectores de estrato seis y los que, debido a la inopia que los agrede, están con sus rancherías de “estrato cero”. La consigna sanitaria de “quédate en casa” no se siente de la misma forma en las residencias de potentados, de los dueños del poder, que en los tugurios.

En Medellín, por ejemplo, una ciudad en la que en muchas barriadas existe la “única ley” de las bandas delincuenciales, la pobreza se agudizó con la emergencia provocada por el coronavirus. Se notaron de inmediato no solo las “distancias sociales” entre una minoría de privilegiados y los acosados por el hambre y la enfermedad, sino las necesidades de una ciudad que cada vez tiene menos espacios públicos, sobre todo en las zonas más vulnerables, y más guetos y muestras del dominio privatizador.

Los periodistas del N.Y.T. en Medellín, al narrar las filas de cientos de madres solteras en un banco de alimentos, ofrecieron el testimonio de una muchacha de 22 años, cuya mamá, de 53, “se había desnutrido tan peligrosamente que sus delgados hombros ahora sobresalían de su cuerpo”; y así, en la ciudad que se cree desde una mirada oficial la reencarnación de Sillicon Valley, mucha gente se acuesta sin comer, “sin darles nada a los hijos”.

El país pandémico. La ciudad pandémica. Y en medio de la opulencia de unos cuántos, las miserias de millones. La emergencia ha sido ocasión propicia (y pesarosa en cuanto a lo que desencadena) para ver cómo se despilfarran los fondos públicos y se castiga a la mayoría de ciudadanos, a quienes se esquilma y niegan sus derechos al bienestar. Qué triste. Qué indignante.

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