Por: Nicholas D. Kristof

Ahí está su cerebro con toxinas

“EL PLOMO AYUDA A PROTEGER SU salud”. Ese era el argumento de marketing que usó la antigua Empresa Nacional del Plomo varias décadas atrás para vender pinturas para el hogar con base de plomo.

Sin embargo, ahora sabemos que el plomo estaba envenenando a millones de niños. Murieron decenas de miles de niños, en tanto incontables millones terminaron con daño cerebral.

Uno de ellos, Sam, nacido en Milwaukee en 1990, “se desarrollaba  bien cuando era bebé”, con base en su historial médico. Pero después empezó a mascar pintura de plomo  y su sangre presentó crecientes niveles de plomo.

La familia de Sam se cambió de casa, pero de nada sirvió. A los tres años de edad fue hospitalizado a causa de envenenamiento por plomo, y sus maestros  notaron que tenía problemas de lenguaje. Sus médicos concluyeron que presentaba deficiencias “irreversibles” en la función cerebral.

La historia de Sam aparece en Guerras del plomo, libro de Gerald Markowitz y David Rosner, el cual presenta una crónica de la  irresponsabilidad de empresas en la industria del plomo durante el transcurso del siglo XX. Con el tiempo, por encima de protestas de la industria, llegó la regulación y la remoción del plomo de la gasolina. Debido a esto, los niveles de plomo de niños estadounidenses han bajado 90% en las últimas décadas, al tiempo que académicos han estimado que, por lo mismo, el coeficiente intelectual de los menores ha subido cuando menos dos puntos.

Entonces, ¿cuáles son las lecciones de esa catástrofe? Para mí, la versión actual de la industria del plomo es la industria química —empresas como Exxon Mobil— produciendo  con el paso de los años químicos que interrumpen la función endocrina que imita a las hormonas del cuerpo. Los interruptores endocrinos son hallados en todo, desde plásticos hasta pesticidas y hay cada vez más inquietudes con respecto a su seguridad.

La Sociedad de Endocrinología, la Sociedad Pediátrica de Endocrinología, la Sociedad Europea de Endocrinología Pediátrica y el Panel Presidencial de Cancerología han advertido todos sobre los interruptores endocrinos, también conocidos como QIE, químicos interruptores endocrinos. La OMS y la ONU concluyeron este año: “La exposición a los QIE durante el desarrollo fetal y la pubertad cumple un papel en la mayor incidencia de enfermedades reproductivas, cánceres relacionados con el sistema endócrino, problemas conductuales y de aprendizaje, incluido el trastorno por déficit de atención con hiperactividad, infecciones, asma y, quizá, obesidad y diabetes en humanos”.

Los interruptores endocrinos solían ser una inquietud extrema de los científicos en otra época, pero ésta ha pasado a la corriente popular con frecuencia cada vez mayor. Aún prevalece incertidumbre con respecto al riesgo que representan químicos individuales, pero va en aumento la inquietud con respecto al riesgo de interruptores endocrinos, particularmente para menores. La preocupación es menor con respecto a los adultos.

Los científicos también están debatiendo si los viejos modelos de toxicología son apropiados para químicos que imitan a hormonas y, por tanto, pudieran disparar cambios corporales.

Es el tipo de amenazas para las que no somos, los periodistas, muy buenos para cubrir. Tuvimos una actuación malísima cubriendo los riesgos del plomo y el tabaco en los primeros años; en vez de perros vigilantes, fuimos perros falderos.

Un hilo común es la codicia de la industria, duplicidad y poderoso cabildeo tanto en Washington como por todo EE. UU. La industria química invirtió $U.S. 55 millones en cabildeo el año pasado, el doble de la cifra una década antes.

El diario Chicago Tribune documentó el año pasado cómo la industria química creó un movimiento espurio por los retardantes de flama en muebles, supuestamente para prevenir incendios; de hecho, los retardantes de flama no reducen incendios, pero sí contienen interruptores endocrinos.

Este verano, 18 científicos escribieron una  carta criticando las normas de la Unión Europea sobre interruptores endocrinos. Eso puso de relieve la incertidumbre sobre los riesgos. Hasta que Noticias de Salud Ambiental mostró que 17 de los 18 tienen conflictos de interés, como recibir dinero de la industria química. En el ínterin, otros más de 140 científicos le dieron seguimiento con sus propias cartas abiertas para denunciar a los 18 originales, así como para advertir que los interruptores endocrinos  constituyen un riesgo.

Andrea C. Gore, la editora de Endocrinología, publicó un editorial afirmando que intereses corporativos están abusando de la ciencia  con interruptores endocrinos de la forma que lo hicieron en otra época con el plomo: para la “producción de incertidumbre”. Agregó que la evidencia es “innegable: que sustancias químicas que interrumpen el sistema endocrino presentan una amenaza para la salud humana”.

Cuando los científicos riñen, es difícil para el resto de nosotros saber qué hacer. Sin embargo, me impacta que muchos expertos en endocrinología, toxicología o pediatría no estén esperando cambios en la normatividad. No calientan comida en contenedores de plástico, reducen su uso de botellas de agua de plástico e intentan darles a sus hijos comida orgánica para reducir la exposición a pesticidas.

Así que, va una pregunta para las empresas químicas: ¿Realmente van a seguir el modelo del tabaco y el plomo, y combatirán la normatividad a cada paso del camino, poniendo nuevamente en riesgo el futuro de nuestros hijos?

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