Por: Juan Carlos Botero

Ahogados en valores invertidos

HAY UNA INUNDACIÓN EN EL PAÍS, Y es todavía peor que la del invierno que no cesa a lo largo del territorio nacional: la inundación de nuestros valores invertidos.

En general las cosas en Colombia han mejorado, de eso no cabe duda, pero seguimos lastrados por graves problemas como la pobreza, el subdesarrollo, la corrupción, la violencia, la falta de equidad y las aberrantes injusticias sociales.

Sin embargo, nuestro mayor problema sigue siendo cultural. Llamamos “vivo” al que hace trampa y toma atajos (a menudo ilegales) para lograr sus objetivos. Celebramos al individuo que amasa de afán una fortuna, cuando es casi seguro que si fue así no pudo ser de manera limpia o transparente. Consideramos “macho” al hombre que, con frecuencia, desprecia a las mujeres y las trata como objetos o seres inferiores. Aplaudimos por su lealtad al funcionario que no delata la conducta criminal de su jefe, sin pensar que esa complicidad es, en realidad, colaborar en el encubrimiento del delito. Definimos como “berraco” al muchacho que reprime y no exterioriza sus sentimientos, y “nerda” a la muchacha que estudia con juicio. Confundimos la “malicia indígena” con la sagacidad o la astucia, y alabamos esa actitud que, casi siempre, consiste en actuar en forma torcida. Llamamos “desechable” a la gente más desgraciada del país, y eso nos permite ignorar y desatender a aquellos seres que, paradójicamente, son quienes más necesitan de nuestra ayuda y compasión. Desde los púlpitos los curas predican la resignación, cuando en realidad ésta no es más que la tolerancia de lo inaceptable y la pasividad ante la injusticia. Cuando deseamos descalificar al otro empleamos vocablos que traslucen un racismo feroz, como negro, indio o gamín, y si queremos ofender a quien cometió el imperdonable error de haber nacido en un lugar diferente al nuestro, usamos términos que hacen alusión a su región como si fueran insultos, como costeño, cachaco, pastuso o guajiro. Los asesinos más temibles son “duros” o “bravos”, y un mafioso que no denuncia a sus amigos es un “hombre de palabra”. En cada uno de estos casos calificamos como positiva una conducta negativa y viceversa. No obstante, después nos extrañamos de que las cosas marchen mal en el país.

Esta inversión de valores nos impide advertir las tragedias a tiempo. Debido a que nuestra cultura no glorifica el espíritu de sacrificio, como la japonesa, ni enaltece la ética del trabajo, como la protestante, ni celebra el aplazamiento de la gratificación, como la anglosajona, sino que aplaudimos al vivo que se sale de prisa con la suya, sólo notamos un caso como el de los Nule cuando éste estalla con la potencia de un terremoto. ¿Acaso los amigos y familiares de estos jóvenes no les parecía extraño tanto dinero acumulado en tan poco tiempo y mientras hacían, además, contratos con el Estado? Y así sucede con nuestros escándalos más recientes, incluyendo la parapolítica, los falsos positivos, el carrusel de la contratación y Tolemaida resort. Sin duda, estas desgracias no habrían ocurrido, o habrían ocurrido a una escala menor, si no estuviéramos zozobrando en las aguas revueltas de valores invertidos. Y lo peor es que esta inundación no se podrá atajar con diques nuevos, ni con unos cuantos costales de tierra.

 

 

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