Por: Fernando Araújo Vélez

Ahora, en los tiempos de la dulzura

Ahora, que querríamos llamar tiempos urgentes a estos días y años de dulzura, en los que cualquier mueca es un insulto, y cualquier mirada es susceptible de ser denunciada ante invisibles tribunales, viciados de últimas modas y mediáticas presiones. Ahora, que la lucha por cualquier causa es un pretexto para dispararles a todos los que no estén matriculados en esa causa, y que no importa quién caiga, pues lo que importa es herir, dividir, sembrar odios, todo a cambio de un like o de una camiseta que diga en letras muy grandes y muy definidas, activista. Ahora, que cualquiera puede linchar y ser linchado, pues sólo se necesita una red social para decir lo que queramos, de quien queramos y como queramos.

Ahora, que el diálogo parece sepultado, que la palabra no tiene ningún valor y la lealtad es asunto de abuelos. Ahora, que en lugar de convencer acudimos al panfleto, siempre explosivo, siempre pasional. Ahora, que caminamos por la senda del querer, y que el querer-aprobación-amor es el gran mérito, el último objetivo, el supremo sentido de la vida. Ahora, que para ser queridos y aprobados nos pintamos la cara de sonrisas todo el día, decimos lo que el otro quiere oír, nos vestimos como el otro quiere que nos vistamos y actuamos de acuerdo con unas fórmulas que nos imponen como si fueran de convivencia, cuando en realidad son de conveniencia.

Ahora, que nada es sagrado ni sobre mojado llueve todavía, como cantaba Sabina. Ahora, que como nunca antes nos desbordamos hablando de paz, de solidaridad, de diálogos, acuerdos y reconciliación, pero sólo son desbordamientos, palabras sin fondo, disfraces. Ahora, que en vez de buscar, elegir y descubrir, nos aturdimos con el libro del premio y la canción más vendida. Ahora, que en lugar de tomar, pedimos, y en vez de hacer, copiamos. Ahora, que nos vigilamos y nos restamos. Ahora, que nos acusamos, que enterramos para siempre los viejos referentes, porque nos queda grande, muy grande mirarnos en ellos. Ahora, que no hay obra, sino cargos, que no hay justicia sino justicieros, que no hay amantes sino apenas unos cuantos mal amados.

 

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