Por: Lorenzo Madrigal

Ahora se verá el humo

HUBO UN PROLONGADO SILENCIO de la guerrilla tras la muerte de Raúl Reyes, silencio que presagiaba cualquier cosa. La acción militar había sido exitosa, pero no daba para alegrarse mucho y, desde luego, no por la muerte de un ser humano, sin que al decir esto se avalen sus actividades delictivas.

Pero ahora, con la situación extrema que, según se dice, está viviendo Íngrid Betancourt, comienza a saberse cuál es realmente la respuesta de los sublevados a la pérdida de su segundo comandante. O a la zarandeada víctima del secuestro no se le permite presentarse ante la misión médica que instaló Francia por su cuenta y riesgo o, en alternativa feliz, Íngrid es atendida en un último gesto de humanidad de sus captores, tardío pero aceptable. Son dos hipótesis expuestas en forma simple e ingenua.

El bombardeo a la sede de quien jugaba a atacar desde el burladero de la frontera, pasando la cual encontraba reposo y recibía visitantes seguros, no iba a permitir una salida fácil para los secuestrados, moribundos y no. Por otra parte, ese hecho trajo efectos jurídicos internacionales que ya se han padecido: un país que presidió dos veces la Unión Panamericana y fue sede de la IX Conferencia de su nombre (sede un poco convulsa por los hechos de abril del 48), fue llamado a cuentas en punto de intervención y de respeto territorial. Colombia, inculpada, ha pedido excusas.

Fue así como vimos al país acorralado por enemigos que tenían razones, como solía decir el profesor Carlos Holguín, pero no tenían la razón. Aquellos que precisamente deberían rendirle cuentas a Colombia por su injerencia y colaboracionismo con los enemigos del Estado colombiano, tuvieron servida una potísima razón para acusarlo: la temeraria incursión en el territorio vecino.

Hábil y afortunado el presidente Uribe, en la casi imposible defensa de un acto irregular, no podía evitar que la historia internacional de Colombia quedara maltrecha. Y a propósito del presidente Uribe, es complejo el momento para los comentaristas que no han sido afectos a su gobierno (o, quizás, a todos los gobiernos) y en particular al suyo por el afán de perpetuarse, como ya lo ha logrado con artes conocidas. Pero que, al mismo tiempo, no van a hacer causa común con quienes les han tendido un cerco a Colombia y a su presidente, vecinos insidiosos, comprometidos con causas totalitarias y expansivas.

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Le pasó a Colombia como a los toros de casta, que, burlados mil veces, por los toreros, saltan desaforados sobre el callejón o la contrabarrera y hay que ver los rostros de la concurrencia, dispuesta a disfrutar de la lidia y muerte del animal, al sentirse atacada y con las astas del “bicho” encima.

 

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