Por: Andrés Hoyos

¿Ahora sí es posible negociar con las Farc?

ME TEMO QUE EN EL TEMA DE UNA POsible negociación con las Farc estamos pensando con el deseo.

Empecemos por lo obvio: las palabras “acuerdo” y “desarme” nunca hicieron parte del vocabulario de las Farc. Al comienzo las excluían por el arrogante determinismo mesiánico del marxismo-leninismo, y porque creían ir muy bien, lo que a sus ojos las hacía innecesarias. Ahora que les está yendo muy mal, ¿estas palabras sí recobran un sentido posible?

Cualquier acuerdo, previo a un desarme, implica que las Farc tienen que soltar a todos los secuestrados. Sea cual sea la lista que se utilice —y de seguro los familiares de los rehenes van a exigir que se usen todas—, dos cosas quedarían claras: que muchos ya no están vivos y que otros más se han convertido en piltrafas humanas. No olvidemos que la marcha del 4 de febrero que sepultó a las Farc en una abrumadora marejada de repudio fue desatada por unas pruebas de supervivencia espeluznantes. Pues bien, esas pruebas son peccata minuta en comparación con lo que entonces saldría a la luz pública.

Las revoluciones solían justificar el sacrificio de millones de personas con el argumento de que era bueno para la humanidad; luego venía el proceso de “lavar” los pecados, lavado que solía contener más de lo mismo. Ya lo decía Stalin: los muertos, cuando se cuentan por miles, son estadísticas. La condición necesaria para un exitoso lavado es, desde luego, tener el poder. En caso de desarme, el poder de las Farc, que a estas alturas ya es muy escaso, desaparecería del todo.

Que yo sepa, nunca se realizó a fondo una composición de lugar en la que los expertos imaginaran cómo podría ser una reinserción de las Farc. Sin embargo, el resultado al que yo siempre llegaba en mi cabeza era que, legalizados y sin armas, los comandantes de las Farc hace mucho tiempo que no tienen nada que salir a hacer en una sociedad democrática. Y lo malo es que ellos lo saben. De ahí que en estos últimos años se hayan negado tiro por tiro a llegar a acuerdos, pese a la ilusa generosidad de las contrapartes.

Supongo que no debe quedar nadie, ni siquiera en el ala más radical del Polo, que diga que estos señores pueden reinsertarse sin ningún castigo. Su futura presencia, digamos, en el Congreso me parece un imposible moral. No veo a una izquierda no suicida incluyéndolos en listas electorales o, incluso, admitiéndolos como parte de una campaña política. Lo mismo vale, con micro-atenuantes, para el Eln.

De ser cierto lo anterior, nada distinto de una derrota militar se vislumbra como una salida factible para la desaparición de las Farc, enteras o fragmentadas. Sé que suena duro, pero es el panorama que veo al calzarme los zapatos de estos crueles señores. Un factor que podría ampliar el abanico de opciones sería que a algún alto mando de las Farc, ojalá a un miembro del Secretariado, lo pudieran capturar en vez de darlo de baja. Entonces quizá se abriría un camino, no necesariamente para una negociación, pero sí para que las Farc se dividieran, acelerando y haciendo menos doloroso el fin. Pero aquí entra en juego la alegría exportadora del Gobierno: guerrillero importante que cae en sus manos es guerrillero que mandan a USA como si fuera una libra de café.

Este domingo 20 de julio el repudio al secuestro nos reunió en la manifestación quizá más grande de la historia de América Latina. Fue una maravilla. Lo que no me queda tan claro es que esto vaya a mejorar las posibilidades de los secuestrados. Ni qué decir hay que me encantaría estar equivocado.

and[email protected]

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Andrés Hoyos

AMLO: entre la ilusión y las dudas

Zurumbático

Precariedad

Los usos de la memoria

Consultitis