Ahora somos otros

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La pandemia nos ha pasado por encima, como arrollados por un camión, y parece que las semanas que vienen serán las peores que habremos vivido desde que el virus se prendió en marzo y se regó por todo el mundo como pólvora.

Ha sido una experiencia llena de contradicciones. Ha sido desalentador comprobar la codicia de líderes mundiales que no han dudado en sacrificar miles de vidas por cálculos electorales y tasas de popularidad. Pero también ha sido alentador ver el liderazgo de otros, apoyados en la ciencia, que han regido a sus ciudadanos con lucidez, disciplina y, ante todo, compasión.

Ha sido desmoralizante presenciar el egoísmo de tanta gente incapaz de ponerse un simple tapabocas o renunciar a una fiesta. Pero también ha sido admirable el trabajo de tantos profesionales de la salud que no han salido de las trincheras, dedicados a salvar compatriotas, a menudo a pesar de ser maltratados en su barrio al regresar a casa, mal pagados y exprimidos hasta el agotamiento.

Ha sido desgarrador ver a tantos viejos muriendo en ancianatos, en la peor soledad, sin tener un último contacto con sus seres queridos y sin gozar de un abrazo final o de la sonrisa del nieto que tanto aman. Y han sido devastadoras las historias de familiares agonizando en salas de urgencia, que se fueron al hospital con un catarro y regresaron, días después, en una urna de cenizas. Pero también ha sido esperanzador ver la tenacidad de los pueblos de seguir adelante, reinventando formas de trabajar, estudiar y convivir, de mantener el contacto con la familia o de prestar un servicio.

Ha sido impactante evidenciar la fragilidad de las economías, ver tantas empresas que parecían invulnerables no soportar ni dos meses de cuarentena y tener que declararse en quiebra y despedir a miles que han quedado en la calle. Pero también ha sido asombroso ver tantos negocios modestos que han resistido, que han hecho hasta lo imposible por subsistir y preservar el salario de sus empleados.

Hemos vivido lo impensable. Ver aeropuertos cerrados, luego fronteras y hasta ciudades enteras convertidas en un parpadeo en sitios fantasmales. Donde salir a la calle constituía una forma de alta traición. Donde ir al mercado era tan azaroso como cruzar corriendo bajo fuego de francotiradores. Donde el estornudo del vecino parecía un atentado y donde se ponía la vida en peligro por recibir el salero en un restaurante.

Hemos madurado en semanas lo que habríamos tardado años y asimilado, a la fuerza, cosas de las cuales ni siquiera nos queríamos enterar. La especie, como ha pasado tantas veces tras padecer una guerra, una peste o un cataclismo de la naturaleza, ha tenido que levantarse del polvo, volver a enderezar los muros de su casa y aprender, por milésima vez, a sobrevivir.

Pero quizás lo más impactante ha sido comprobar lo que hemos sabido siempre y que es tan difícil de aceptar: la fragilidad de la existencia. Saber que la vida propia, y hasta la del planeta, puede dar un timonazo, que basta una tos para que el mundo tropiece y, al incorporarse, sea otro.

Pero también ha sido una experiencia para practicar lo más importante, que es la gratitud. Gratitud por seguir vivos. Lo demás se puede rehacer o reparar. Esa es la tarea que nos corresponde ahora: reconstruir. Y hay que empezar ya.

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