Por: Fernando Toledo

'Ainadamar' o la poesía

El Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, en dos años, ha hecho más por la contemporaneidad operística, salvo las universidades para ser justo, que instituciones especializadas que, a pesar del apoyo estatal, parecen dormidas sobre vetustos laureles al seguir ancladas a un conceptualismo decimonónico ya conjurado en otras latitudes.

El interés de la sala bogotana se ha hecho patente en la estupenda Carmen de Calixto Bieito que, a pesar de haber sido tildada por algunos como de “maricona”, ha triunfado en grandes escenarios; en los recitales de artistas de talla mundial, y, hace pocos días, en el estreno en Bogotá de la poética Ainadamar, o “la acequia de las lágrimas” en árabe, del argentino Osvaldo Golijov, apenas nueve años después de su presentación en el festival de Tanglewood y tras pocos días de haber subido por primera vez, bajo la dirección del mítico Peter Sellars, al nada fácil escenario del Real de Madrid.

Gran ocasión la de haber podido disfrutar de un título que recrea unos supuestos diálogos sin tiempo entre Federico García Lorca y su gran intérprete Margarita Xirgu. Esta última, a propósito, estuvo en Bogotá camino de su exilio uruguayo en el desarrollo de la gira a la cual, además de referirse la ópera, había convidado al poeta granadino, quien optó más bien por pasar ese verano fatídico, que habría de costarle la vida, en la casa paterna.

Ainadamar es una obra llena de inspiración, de símbolos y metáforas, donde sorprende el equilibrio que logra el compositor entre el contenido dramático, del refinado y poético libreto del estadounidense David Henry Hwang, y una música que resulta vibrante y a menudo llena de sutilezas que, si bien toman el flamenco como referencia, jamás caen en el cliché de la españolería. Hay que subrayar la calidad de la puesta en escena del teatro Argentino de la Plata, patria chica del compositor, que, con sobrados motivos, ha ido convirtiéndose en un auténtico paladín de las lides operísticas de su país.

Valga destacar la dirección escénica de Claudia Billorou, la labor del coro y de la Orquesta Sinfónica de Colombia que, con el chileno Rodolfo Fischer a la cabeza, sustentaron con alto nivel una acción sugerente y una partitura de sagaz sonoridad donde se destacaron los protagonistas: el contratenor Flavio Oliver y la soprano Marisú Pavón, acompañados por una convincente nómina de comprimarios. Sea este el momento de aplaudir al Mayor por una programación que ha ido resanando el trasnocho cultural de la ciudad.

 

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