Por: Andrés Hoyos

Aire fresco

CON EXCEPCIÓN DE LOS FURIBISTAS más recalcitrantes que al pensar en su jefe hasta invocan a Bolívar, el resto de los colombianos seguramente estará de acuerdo en que sopla aire fresco y en que la Corte Constitucional tuvo toda la razón a la hora de descarrilar el peligroso tren expreso de la segunda reelección.

El comienzo de un nuevo gobierno viene acompañado de optimismo en casi todas partes del mundo, ritual que aquí vivimos atenuado hace cuatro años por el hecho de que estrenábamos reelección después de seis décadas. No voy a negar que el Presidente entrante ha sabido mover sus fichas con destreza, pero no me pienso sumar al “coro de grillos que cantan a la Luna”, entre otras razones porque tengo la certeza de que la red de mataduras nacionales volverá a asomar la cara en unos meses, una vez el primer jugador del país pierda las partidas que inevitablemente perderá y vengan los días grises. Algo me dice que la famosa unidad nacional demostrará haber sido apenas una foto de ocasión y que los perdedores empezarán la desbandada apenas a otros les vaya mejor que a ellos. No obstante, lo normal en un país todavía sumido en el marasmo de la mediocridad es aceptar un cierto grado de decepción. La que amenaza con llegar promete al menos ser una mediocridad democrática, institucionalizada y limitada en su poder y duración.

Parte de la sensación fresca se debe a que ha empezado a ceder la marea de la revancha permanente que, de lado y lado, nos traía con los pelos de punta desde hacía años. Dije alguna vez que la polarización que instaló Álvaro Uribe en 2002 era inevitable, dada la peligrosa situación militar que reinaba en ese momento. Lo que hizo daño y no echaremos de menos fue la incapacidad del gobierno para reducirla cuando dejó de ser necesaria. Pero tampoco simpatizo con actitudes como la de Felipe Zuleta, para citar a un columnista de este diario, quien no respirará tranquilo hasta que a Álvaro Uribe y a Francisco Santos los echen a la cárcel. Más adelante querrá también que encarcelen a Juan Manuel Santos, no bien pierda el fuero que hoy tiene. No entiendo tanta estridencia, sobre todo por venir de un moralista que admite excepciones muy gruesas. Es que faltó ese pedacito en el Nuevo Testamento: apenas Cristo terminó su discurso en defensa de la adúltera, empezaron a volar piedras sobre la pobre, lanzadas por los muchos pecadores que se creían sin pecado. Algún evangelista bienpensante suprimió el trozo.

Me extravío, sin embargo. Quiero insistir en que nos hallamos en una situación de potencial constructivo. Cancelada la sed de revancha, lo esencial es monitorear al nuevo gobierno en aquellas materias que van a definir un posible desbloqueo. ¿Se podrá rescatar la tierra productiva de Colombia de las manos de paramilitares, testaferros y mafiosos? Porque si esa tierra continúa secuestrada, no habrá desarrollo agrícola y las canteras de reclutamiento de los grupos irregulares seguirán vivas. ¿Logrará alguien detener la perniciosa revaluación del peso o nos espera la enfermedad holandesa, que se camufla como prosperidad? ¿Se seguirán robando las regalías en pueblos y departamentos o será posible encauzar esos recursos no renovables por caminos productivos? Me parece mal signo, por ejemplo, la reticencia de Santos en el tema de los impuestos.

Pido perdón a los lectores si me limito a hacer preguntas, pero es que por ahora nadie sabe las respuestas.

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