Gobierno extiende la cuarentena para población vulnerable

hace 26 mins
Por: Eduardo Barajas Sandoval

Aislada, dividida y esperanzada

Aunque los fervientes partidarios del brexit digan que lo que buscan es el disfrute de la insularidad, lo cierto es que, mientras la Gran Bretaña no construya nuevas redes, de toda índole, para reemplazar a sus socios europeos con aliados inevitablemente lejanos, deberá pagar el precio de un inocultable aislamiento.

Si todos, en las islas británicas, o al menos tantos como para armar una mayoría contundente, hubieran estado desde un principio de acuerdo con la salida de la Unión Europea, la empresa de andar ahora sueltos sería más fácil. Pero siempre existió, y subsiste, una oposición convencida e ilustrada, que no está de acuerdo con el retiro de la Europa comunitaria. Así lo expresan en Londres, mientras en Escocia exigen un referendo en busca de independencia que les permita retornar a la Unión Europea, así sea a costa de la disolución del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Región esta última aterrada por el temor al retorno del pasado. Al aislamiento se suma entonces la división de opiniones y aspiraciones de los ciudadanos.

Para paliar las preocupaciones de unos, y aumentar las de otros, de cada lado también surgen esperanzas. Los que votaron ilusionados por salirse de las instituciones comunitarias, esperan conseguir alianzas con países que consideran afines, como los Estados Unidos, Australia, la India, y el resto de los antiguos dominios del Imperio Británico. Sin que se sepa en qué pueda terminar esa pretensión a la altura del Siglo XXI y en condiciones de una relación ya no colonial. Los otros abrigan la esperanza de recuperar los beneficios de retornar a la familia formal europea.

A las naciones les conviene, de vez en cuando, vivir alguna mutación que les permita sacudirse de una situación indeseable e iniciar una nueva era. Pero la condición necesaria para el éxito de aquello que se propongan es que haya un acuerdo aceptable sobre cada crisis y la forma de manejarla. Cuando los argumentos para el cambio son precarios, y peor aún cuando provienen de oportunistas y no de estadistas, el rumbo a seguir será errático. Si la coyuntura involucra a varias naciones, el problema se vuelve todavía más complejo. Como sucede en el Reino Unido, que aloja a Inglaterra, Escocia, Gales y parte de Irlanda, además de esa nación mixta de inmigrantes que provienen principalmente de antiguas colonias.

La relación de Europa con las islas británicas ha estado marcada por la separación física del Canal de La Mancha, accidente geográfico que les ha permitido a sus habitantes oscilar entre la insularidad y el aislamiento. Salvo cuando han aparecido fuerzas como la del Imperio Romano, que integró todas las islas a sus dominios, o las invasiones germánicas o normandas, que dejaron la huella de su influencia en un pueblo que, por lo demás, se acostumbró a tener que asumir, de vez en cuando, su destino en solitario.

Cuando era Primer Ministro, David Cameron dijo en Hamburgo, para demostrar su militancia europeísta: “nunca quiero que levantemos el puente levadizo y nos retiremos del mundo “. Eran los días del referendo que tuvo que convocar para satisfacer los reclamos de un populismo desordenado, nacionalista y desaforado, que clamaba por el retiro de la Unión Europea, con el argumento de que los británicos trabajaban para sostener a otros países que no lo merecían. También eran los días en los que, con el chantaje de un eventual retiro, obtuvo en Bruselas todavía más prerrogativas de las que desde un principio había tenido el Reino Unido dentro del conjunto. Entonces se fue, de verdad convencido de su triunfo, a defender la permanencia de su país en el seno de la Unión.

Ya se sabe que muchos votantes ni siquiera soñaron con la posibilidad de un triunfo del brexit, y se quedaron en casa. Las grandes ciudades, y Escocia entera, se pronunciaron de manera contundente por la permanencia. Pero los argumentos genéricos y sencillos de unos políticos de mediana talla, con sustento en consideraciones elementales, combinadas con una que otra inexactitud, además de promesas de una súbita realidad diferente, lograron despertar suficiente apoyo para que la salida de la Unión “pasara raspando”.

El espectáculo posterior resultó inverosímil. El Parlamento modelo desautorizaba pero no le quitaba el apoyo a una Jefe de Gobierno que tampoco lograba convencerlo de lo que había negociado con Bruselas. La oposición no se atrevía a alinearse con el retorno y tampoco con la realización de nuevas elecciones. La incertidumbre crecía, no solo dentro sino fuera de las fronteras. El contagio del nacionalismo populista amenazaba, y amenaza todavía, con extenderse a la Europa continental. Hasta que llegó Boris Johnson, que cuando era niño quería ser “rey del mundo”.

Bufón para muchos, héroe de fábula para sus seguidores, indescifrable para el resto, dueño en todo caso de un carisma indudable, que crece con su irreverencia y desenfado, Johnson consiguió triunfo arrollador en unas elecciones que bien habrían podido ser una especie de referendo, otra vez, sobre la membresía de la Unión Europea, pero que tampoco se puede decir que no lo fueron. Y ahí está, con acuerdo de salida aprobado y términos cumplidos, listo para liderar la nueva etapa de la vida de un país para el cual el mismo Boris sueña con ser un nuevo Churchill. Para ello mostró ya el gusto que le produce nadar contra corriente, y no se inmutó al pedir el cierre del Parlamento, ni al recibir la noticia de que una corte había echado para atrás la medida. 

El período de transición, que ocupará el año 2020 con obligaciones pendientes y sin chistar respecto de nuevas reglas comunitarias, correrá el telón de horizontes y problemas no solamente externos sino activos al interior de una sociedad seriamente dividida. Los países del antiguo Imperio no son ya los mismos. China puede ser una oportunidad o una amenaza. India anda suelta por su cuenta. Los americanos no tienen claro su horizonte.  Y en la celebración de nuevos acuerdos, los antiguos socios europeos no tienen porqué facilitar que los británicos se queden ahora con los beneficios y sin las cargas que les llevaron a romper una alianza que, por lo demás, robustecía a Europa y le había traído un periodo excepcional de paz y reconciliación.

Hacia la media noche del 31 de enero, frente al parlamento escocés se exhibieron banderas de la Union Europea, y en los bares de Glasgow y Edimburgo se ahogó en el mejor Whisky la amargura de un retiro que la mayoría de los escoceses ha rechazado y que disparó otra vez el llamado a la independencia. Entre tanto, el brindis en la recepción ofrecida por el Primer Ministro en el número 10 de Downing Street de Londres, para celebrar el momento del brexit, se hizo con vino espumoso británico, en lugar de champaña. Allá verá cada quién a qué le supo.

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